📌 Santoral del Día: 29 de Septiembre
San Renato Goupil
Martirologio Romano:En Ossernenon, pasión de san Renato Goupil, mártir, que, médico y cooperador con san Isaac Jogues, fue asesinado a golpes de hacha por un nativo (1642).Fue canonizado por Pío XI el 29 de junio de 1930, junto consiete mártires del Canadá.San René Goupil, nació en Anjou (Francia) el 15 de mayo de 1608 y murió el 29 de septiembre de 1642 en Ossernenon (cerca de Nueva York, E.E.U.U.). Es un Santo Mártir jesuita y primer mártir en EE.UU.Fue bautizado en St-Martin-du-Bois cerca a Angers, Francia el 15 de mayo de 1608. Trabajó como voluntario en hospitales de Quebec junto a los jesuitas, considerándosele un "donado" (persona que, previas fórmulas rituales, ha entrado por sirviente en una orden o congregación religiosa, y asiste en ella con cierta especie de hábito religioso, pero sin hacer profesión).En 1642 viajó a las misiones de los hurones. Estuvo trabajando en Nueva York conSan Isaac Jogues. Fue capturado por los iroqueses y torturado.Los iroqueses habían desencadenado desde 1642 una guerra implacable, armados por los colonos holandeses establecidos en Nueva Amsterdam, la factoría de la desembocadura del río Hudson (más tarde Nueva York). Las tribus algonquinas y huronesas, aliadas de los franceses, padecieron un feroz ataque. Bajo la amenaza que se cernía, el padre Jogues se ofreció a llevar un mensaje a Quebec desde la misión de Santa María. La flotilla en que viajaba fue capturada por los iroqueses y el padre Jogues y el hermano Renato Goupil, que le acompañaba, quedaron prisioneros.Goupil perdió la vida el 29 de septiembre de 1642, a manos de un mohawk, furioso porque René ha hecho la señal de la cruz en la frente de su hijo, descarga con todas sus fuerzas, sobre la cabeza del jesuita, el tomahawk, o hacha de guerra. Esto ocurrió cerca de Aviesville, Nueva York.Es el patrón de los anestesistas.
San Miguel Arcángel
Nunca podríamos imaginar un ángel guerrero, con su rodela al brazo, la cota bien ajustada, abierta la espada en orden de combate. Pero tampoco ciertos ángeles de una estatuaria dulzona, con muchas cintas y bucles mujeriles, en un porte impropio de criaturas tan excelsas. Eugenio d'Ors, en susGlosasque se escriben los lunes, concebía muy varonil al ángel: musculado y poderoso, como para entendérselas toda una noche con Jacob a brazo partido. Pero, al mismo tiempo, leve y sutil, asomada a sus ojos de luz toda la sabiduría de un espíritu celeste. No son apetecibles los ángeles de Denís, ni siquiera los de Beuron, y mucho menos los que Rohault inscribe sombríamente en feos dramas humanos. Sólo en las ventanas de algunas abadías y catedrales hay ángeles vivos, que al trasluz del sol arden en un fuego de oro y se hacen llama encendida y adorante al Altísimo. Y, sobre todos, aquel ángel que hay en la Toscana anunciando la encarnación a María. Pues, a pesar de los lujos que le pintó Fra Angélico en la túnica, y en la pedrería que le transfigura las alas, está allí, digno y sereno, delante de la Señora, angelizando su embajada, la turbación de la Doncella y los nardos que crecen entre la ternura del paisaje. Pero un ángel guerrero, ¿cómo?Fueron creados de la nada, puros espíritus —inteligentes, amorosos, libres—, domésticos del trono de Dios, en funciones de una alabanza incesante. Distribuidos según una arcana jerarquía —querubines y serafines, dominaciones, potestades y tronos, virtudes, arcángeles y ángeles—, componen muy hermosamente la grande escenografía del cielo. San Juan, desde Patmos, ha visto este cielo como una ciudad deslumbrante la Jerusalén nueva, ataviada de Esposa para sus nupcias con el Cordero de la Vida. Semejante traducción resulta demasiado corpórea y sensible, ya que nos alucina imaginar tanta abundancia de oro, del que viene fabricada, y los chispazos irresistibles de infinitos zafiros, diamantes y rubíes, que adornan las doce puertas, con doce ángeles, que son las doce tribus de Israel. No hay sol ni luna, día ni noche en esa celeste Jerusalén, porque la inviste toda una claridad eterna, cuya luz es el Cordero, a quien aclaman, con los ángeles, los felices ciudadanos de Dios: aquella turba innumerable de vencedores que rinden sus palmas en adoración infinita. Sin embargo, este mural del cielo sanjuanista nos ofrece su belleza y una tranquilidad de gozo inamisible, muy cercana al verdadero cielo, y que consiste en ver cara a cara a Dios y en amarle beatíficamente. ¿Cómo concebir dentro de tan sacra armonía el dolor de una guerra?San Pablo nos define una vez a la divinidad diciendo que es "la Luz indeficiente e inaccesible". Pues en ese mundo de los ángeles destaca uno que tiene nombre de luz. "Lucifer: El-Que-Lleva-la-Luz". Hijo y oriente de la aurora. (Os aviso que esta criatura extraordinaria puede perturbar toda la hermosura del cielo, hasta los horrores de un espantoso combate. En el horizonte de su libre albedrío, el orgullo dibuja alocadas capitanías, idolatrías febriles, quiere ser dios. Y vamos a comprobar teológicamente que existe esa inaudita paradoja de un ángel y un cielo guerreros.) Porque había sido adornado por el Señor con tantas excelencias, Lucifer le debía un servicio generoso y dócil. Lo menos que se le podía pedir. No estaba aún confirmado en gracia, sino en estado de prueba. Y entonces, al contemplar, con sensuales deleites, su poder y su luz, se alza contra el Creador. "Subiré a los cielos —grita— y pondré mi trono sobre las estrellas. Sobre la cima de los montes me instalaré en el monte santo. Seré igual a Dios. No le quiero servir." Un colosal choque de tinieblas y de luz estremece la cúpula de los cielos.Angeles contra ángeles, divididos por la rebeldía de Lucifer. Todo es sobrecogedor, vertiginoso, instantáneo. Hasta que un grito de fidelidad y de acatamiento en la boca de un arcángel desconocido, restablece la armonía de la victoria. Y así queda bautizado con la misma divisa del combate: "¿Quién Como Dios?", que quiere decir "Mi-ka-el". Y mientras Lucifer cae a los abismos de su infierno como una llama de fuego y de odio, Miguel asciende a la capitanía de todos los ángeles fieles, príncipe y custodio, alférez de Dios.Después surge el tema del hombre, cuando se alza del limo de la tierra, creado como una síntesis misteriosa de todo el universo. Y, en torno al tema del hombre, el demonio y el ángel, Satanás y Miguel, porque, en la gobernación divina del mundo, a todas las criaturas preside un orden, una ley, una medida. En el paraíso vence Satanás al hombre. Entre los brillos suculentos de la manzana, sopló la serpiente su misma rebeldía del cielo: "Si coméis de ese fruto prohibido, se abrirán vuestros ojos, seréis como dioses". Tenemos dura experiencia de este pecado de origen en las limitaciones de nuestro entendimiento, en las llagas del corazón y de la carne, en la helada agonía que da en la muerte. El hombre, aun redimido por el sacrificio de Jesús, permanece aquí abajo en una actitud militante. Debe merecer la corona peleando sus concupiscencias y los enemigos externos del demonio y del mundo. Somos el eje de aquellas dos "economías" de que nos habla San Pablo la de Jesucristo y la de Satanás. Los dos nos quieren. Y, en nuestro combate hasta el fin, además de las armas decisivas de la gracia, contamos con el socorro y la custodia de los ángeles. Cada uno tenemos nuestro ángel doméstico y acaso nuestro demonio familiar también, según disputaban las teologías escolásticas. Pero encontraréis justo que a este príncipe del cielo, el arcángel Miguel, correspondan ministerios universales y eminentes, por la fidelidad y bravura de su comportamiento,Es el ángel que tutela la fe de la sinagoga judía y de la santa Iglesia de Cristo. En los testimonios de la revelación aparece muy tardíamente. Hasta Daniel, nadie le cita por su nombre. Pero este profeta, al relatarnos las luchas del pueblo elegido para liberarse de la servidumbre de los persas, le invoca en su favor, ya que nadie vendrá a socorrerle "si no es Miguel, vuestro príncipe". Y añade: "Entonces se alzará Miguel, el gran defensor de los hijos de tu pueblo, y serán días de amargura como jamás conocieron las naciones". La carta de San Judas nos lo representa altercando con el demonio sobre el cuerpo de Moisés. Satanás quería descubrir su sepulcro para que los israelitas le adoraran idolátricamente, en apostasía del culto verdadero al Señor. Y San Miguel se lo impide velando por la fe. Así, su personalidad nos queda bien dibujada. Es el custodio fuerte de Israel, militante y guerrero, con su coraza de oro, su espada invencible y un airón de luz, que le angeliza el brillo de las alas y toda su celeste figura.Tan guerrero, que después, en la santa Iglesia de Cristo, los piadosos monjes medievales no vacilan en revestirle de una poderosa y muy labrada armadura, donde no falta el detalle de la espuela impaciente ni la lanza que destruye al demonio, vencido a sus pies, como le vemos en las ingenuas miniaturas de los breviarios corales. Claro que toda esta iconografía no es inventada o soñada, sino que traduce fielmente los testimonios de la tradición y de la historia.ElSacramentarioLeoniano y elMartirologiode San Jerónimo consignan en este día de su fiesta:Natale Basilicae Angeli in Salaria. Esta es la verdadera y primitiva solemnidad que Roma dedica al arcángel, con una basílica, perfectamente localizada en el séptimo miliario de la vía Salaria, y con la consagración de cinco misas en su memoria. En el 611, el papa Adriano IV le construye, sobre elCastel di Santangelo, un oratorio, que sella la tradición antigua de haberse aparecido allí, librando a las gentes romanas de la mortandad de una peste. Es muy suyo este ministerio de medicinal tutela. Ana Catalina Emmerich ha visto al demonio soplar vientos huracanados, ensoberbecer las aguas de los océanos, perturbar el buen aire inocente con pestilencias y cóleras. Se entrega a tan malignas extravagancias porque tiene el triste y deslucido empeño de destruir toda la hermosura creada, como adversario de Dios, enemigo del hombre y dragón.Por ser dragón el demonio, habita espeluncas enmarañadas, montes áridos y solitarios, donde urde sus sorpresas y sus trapacerías. Y así el arcángel no tiene más remedio que descender a esas moradas infernales para abatirle y vencerle. Os quiero referir dos estupendas apariciones en esos escenarios rurales, que además nos perfilan datos muy luminosos de su augusta persona.El templo de su nombre, sobre el monte Gárgano, conmemora cierta victoria de los longobardos del Siponto, atribuida a su intervención, un 8 de mayo del 663. Pero las lecciones históricas del Breviario unen el triunfo castrense con un suceso de gusto medieval, muy conectado con estas espeluncas del demonio de que os hablaba. Y fue que un toro se desmanda de su manada, y se le busca día y noche por los pastores. Le encuentran, al fin, en una escondida gruta, pero inmóvil, como poseído por el maligno. Un arquero, más audaz, le dispara su flecha para removerlo del embrujo. Y entonces el prodigio de retornar la flecha al que la disparó, malhiriéndole. Lo sobrenatural del caso acongoja de miedo a estas sencillas gentes montañesas. Ayunos, plegarias, procesiones penitenciales. Y al tercer día, San Miguel se aparece al obispo, declarándole que se edifique, en la cueva, un templo al Señor y en memoria de sus ángeles. Cuando los sipontinos alcanzan la espelunca, crece el asombro, pues encuentran allí dispuesto ya un edículo como oratorio, donde el prelado inicia el culto a San Miguel, que luego corre por todo el mundo creyente y fervoroso de la Edad Media.Pero en la serranía navarra de Aralar encontraremos al arcángel, definido en toda su dimensión militante, a la defensa del hombre. No precisan los historiadores por qué bajó a la guerra de Pamplona el muy esforzado y noble caballero don Teodosio de Goñi. Pudo coincidir con el asedio de los judíos, aliados con los árabes; las incursiones de la morería o acaso las luchas contra los godos, porque el suceso acontece en los días del rey Witiza, a los principios del siglo VIII. Por su casamiento con doña Constanza de Butrón, acreció el caballero riquezas y pergaminos. Era mujer de muy cuidada honestidad y hermosura, al punto que hizo venir a los padres de don Teodosio al palacio de Goñí para velar amorosamente la ausencia, concediéndoles, incluso, la propia cámara nupcial. Cuando retorna de su campaña el caballero, dando al amor sus triunfos y a los odios de la guerra olvido, se le cruza, en la noche, un piadoso ermitaño, que es el mismísimo demonio, con máscara de "ángel de luz". En aquel paraje fluvial de "Errota-bidea" le detiene y le habla una trifulca por su honra: que su mujer ha holgado con un mozo de servicio mientras él se partía el pecho en las duras batallas. "Este mismo plenilunio lo puedes comprobar, si te aceleras", le dice.Y encendida su sangre hasta cegarle los ojos, pica a su caballo, que trota jadeante por la val de Goñí hasta el palacio, hasta la cámara. Tienta su mano fuerte dos personas en el lecho. El corazón se le rompe en una locura de latidos. Secamente gime don Teodosio, sin amor y sin lágrimas, por la limpieza de su nombre nada más. Y con furor de loco descarga golpes febriles de su espada sobre los adúlteros, hasta que los resplandores de la sangre caliente le hacen volver en sí. La amanecida cuelga de los tejados del caserío una brazada de rosas, que picotean alegres las golondrinas; y lloran los ángeles, asomados a las nubes, la perdición del caballero. Don Tedosio huye delatado por la luz. Pero allí, en la pradería, se topa con doña Constanza, que se le echa a los brazos, sobre el corazón, gritándole el gozo de su regreso. ¡Qué dramático instante, que le revela, de un golpe, toda la magnitud de su parricidio! Porque es navarro el caballero, creyente y piadoso, se hace camino de Roma, con larga contrición de leguas, de hambre y sed, de limosneo penitencial y humillante, para alcanzar indulgencia del Pontífice. Tres papas pudieron oír la confesión de don Teodosio —Juan VII, Sisinio y Constancio I—, porque no están de acuerdo las cronologías. Como penitencia pública de su pecado, se le impuso portar una grande cruz, ceñida la cintura de una cadena de argollas de hierro, que, al quebrarse, señalarían, al fin, los perdones del Altísimo.La serranía de Aralar fue el escenario que eligió el penitente entre las nevascas que silban, por el invierno, espantables sinfonías, ciudadano de las águilas, de los buitres y de los lobos, en una soledad alucinante. Y, a los siete años, otra vez el demonio. Ahora tal como es. Como dragón que, desde su madriguera, salta rabioso para devorar al penitente. Ya tenía el caballero la carne domada y llagada por el cilicio, el alma pura, el corazón endiosado. Y en aquella suprema angustia, se vuelve al arcángel, con un grito de su fe, que rompe la cúpula del cielo: "¡San Miguel me valga!" Y Miguel desciende con su espada infinita para vencer al dragón y romper las argollas de su cintura, regalándole, con su celeste presencia, una curiosa imagen para recuerdo del prodigio y para su culto. El santuario de "San Miguel in Excelsis" es, desde entonces, alma militante de Navarra, que de ahí le viene guerrear las batallas del Señor, con su "ángel" de oro revestido de armadura, pero que no lleva espada, sino que sostiene, con sus manos sobre la frente, la cruz redentora de Cristo.Nos guarda y nos defiende en todas las incursiones del demonio, a lo largo de nuestra navegación por la vida. Como un símbolo es patrono de todos los mareantes desde que se apareció a San Auberto de Avranches sobre Mont-Saint-Michel, donde los normandos le hicieron una de las más bellas abadías del gótico, que tiene torres de castillo y fortaleza. Y no nos abandona hasta después de la muerte. Cuando la Iglesia oficia su sacrificio por los difuntos, invoca a San Miguel, en su impresionante ofertorio, para que él presente las almas a la luz estremecida del juicio de Dios. Es el instante aterrador del recuento: de pesar las malas y las buenas obras que hicimos en el mundo. Como a Baltasar en su pagana cena, puede sorprendernos suTecelsombrío si nos falta el peso de la caridad. Pero los devotos de San Miguel confían, porque le saben "Pesador de las almas" en la balanza de la justicia de Dios, que él sostiene en sus manos, atento a las acusaciones finales del demonio, para enfilar el platillo hacia la gloria del cielo.El cardenal Schuster pensó que el arcángel no pertenece a la hagiografía, sino a la teología cristológica, porque "después del oficio de Padre legal de Jesucristo, que corresponde a San José, no hay en la tierra ningún ministerio más importante y más sublime que el conferido a San Miguel, como protector y defensor de la Iglesia". Madura en nuestro tiempo, agitado de sangrientas convulsiones, aquel "misterio de iniquidad" que conmovía a San Pablo. El dragón de las siete cabezas coronadas repta descaradamente para afligir el Cuerpo místico de Cristo, en su Iglesia, con muy sutiles asechanzas y persecuciones. Masonería, comunismo. Desde los días de León XIII, el pueblo cristiano cierra todas sus misas con aquella súplica al arcángel, para que humille a los abismos del infierno a todas las inicuas potestades de demonio, que vagan por el mundo, satanizándolo, porque Miguel es príncipe de las celestes milicias.Y cuando se acerque el fin, un relámpago de fuego cruzará de oriente a occidente mientras, los ángeles del Apocalipsis derraman sobre el mundo sus cálices sombríos de destrucción. En una postrera acometida, el dragón con sus ángeles negros trabará la batalla: pero San Miguel ha de arrojarle a los abismos eternos después de la última victoria. Entonces será el cielo infinito. Aquel cántico de alabanza de todos los ángeles y bienaventurados, que ha de resonar luminoso y feliz para siempre: "¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios! Amén".
San Gabriel Arcángel
Dios es el único ser que no tiene historia. Todos los seres creados son, en mayor o menor medida, seres históricos: nacen, evolucionan, mueren. Sólo que la historia de cada uno tiene un signo diferente, según el lugar que ocupe en la jerarquía ontológica. A medida que se asciende de lo inerte a lo sensitivo y de lo irracional al mundo del espíritu, la historia va enriqueciéndose y entrañándose en la esencia misma del ser. Por eso el hombre es el ser más histórico de todos los que pueblan la tierra. Sobre el cimiento de unas pocas tendencias universales y permanentes de su naturaleza, cada hombre participa en la historia general de la humanidad desde un ángulo propio e irrenunciable. Del hombre, y sólo del hombre, cabe hacer biografía. Una piedra, como tal, no tiene biografía, aunque las piedras, en su conjunto, tengan también historia.Pero ¿y los ángeles? Hay, ciertamente, una historia universal de los ángeles, criaturas de Dios; una historia que ha quedado escrita en los Libros Sagrados, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Los ángeles nacieron de una palabra de Dios. Pronto, rebeldes unos, fieles otros, se bifurcó para siempre su historia colectiva en dos inmensos bloques, de luz y de sombras, de odio y de amor. La inmensa mayoría de los ángeles, espíritus puros, han quedado sin nombre y sin hazañas extremas. Sólo Dios sabe sus nombres y sus papeles en el gran teatro del mundo. Para nosotros son como anónimas estrellas fugaces, que de vez en cuando cruzan el firmamento del espíritu. Así los que se aparecieron a los pastores de Belén, anunciando la paz a los hombres de buena voluntad; el ángel de Getsemaní, que confortó a Cristo en su agonía, el que traspasó de una lanzada el corazón de Santa Teresa; tantos otros, que pusieron un momento de luz en la vida de algunos elegidos de Dios y se desvanecieron para siempre.Mas hay unos ángeles, muy pocos, que tienen, además de esa historia anónima y colectiva, algo así como una biografía personal. Entre esos pocos, San Miguel, el capitán de las huestes angélicas contra Luzbel; San Rafael, el compañero de peregrinación de Tobías, ocupa puesto preeminente el arcángel San Gabriel.Por de pronto, San Gabriel tiene uno de los nombres más bellos que ha podido troquelar el lenguaje humano: "hombre de Dios, hombre en que Dios confía"; o también, como San Gregorio glosa, "el fuerte de Dios".Cuando Dios va a hacer uso de su poder sobre el mundo, en su manifestación más excelsa, la de la Redención, elige como mensaje, como su embajador y plenipotenciario, a este soberano arcángel. Tres veces le vemos surgir corpóreamente en la historia de la humanidad. Se aparece en primer lugar, a Daniel —allá en el año tercero del reinado del rey Baltasar— para revelarle el sentido de la visión del combate entre el carnero y el macho cabrío. Lo hace en figura de varón y sobrecoge al profeta, que, de bruces y espantado, le contempla con un estremecedor anuncio para días lejanos: "Entiende, ¡oh hijo del hombre!, esta visión, que es para el tiempo final" (Dan. 8,15ss.). Pero aún recibirá Daniel una nueva visita del celestial mensajero, al iniciarse el imperio de Darío; y en ese encuentro se traslucirá la inmensa profundidad de la misión que Dios confía al arcángel. Mientras el profeta está postrado ante Yahveh, en ayuno, saco y cenizas, al caer la tarde, rogando y confesando sus pecados y los pecados de su pueblo y presentando su oración al Señor "grande y terrible", irrumpe Gabriel en raudo vuelo y silueta de hombre, y le anuncia las setenta semanas decretadas por Dios sobre el pueblo y su ciudad santa para expiar la iniquidad, traer la justicia eterna y ungir al Santo de los santos: "siete semanas y setenta y dos semanas hasta la llegada del Mesías príncipe" (Dan. 9,1ss.).Cuando ese plazo de Dios se cumple, el arcángel San Gabriel vuelve a la tierra con perfil de mancebo, penetra en el gran templo de Jerusalén y llega a Zacarías, el sacerdote del turno de Abías, desposado con Isabel, la hija de Aarón. El temor sobrecoge y turba al venerable sacerdote mas el arcángel le tranquiliza y anuncia que su oración ha sido escuchada: su mujer le dará un hijo, a quien pondrán por nombre Juan, y será gozo y alegría para él y para muchos, grande a los ojos del Señor y lleno del EspírituSanto desde el seno de su madre. Un hijo precursor del Señor de Israel que volverá a los rebeldes a la prudencia e los justos y preparará al Señor un pueblo debidamente dispuesto. Zacarías no acierta a comprender cómo le llegará ese regalo, en que se cifra la ilusión de toda su vida. El ya es viejo y su mujer estéril y avanzada en sus días. Pero el ángel le abre la inmensa perspectiva del misterio: "Yo soy Gabriel, que asisto ante Dios y he sido enviado para hablarte y darte estas buenas nuevas." Desde ahora Zacarías permanecerá mudo hasta el día en, que se verifique el prodigio, por no haber dado fe a las palabras del enviado, que se cumplirán a su tiempo. Escasos meses tendrán que transcurrir para que la familia de Zacarías se alegre con la realización de la promesa y para que un más extraordinario acontecimiento conmueva al pueblo de Israel (Lc. 1,5ss.).Va a sonar la hora que el arcángel anunció al profeta Daniel. Y en esa hora retornará por tercera vez Gabriel a Palestina para consumar la más alta embajada que jamás conocieron los siglos: el anuncio de la encarnación del Verbo a la Virgen María.Tres rastros de luz nos permiten vislumbrar la suprema hermosura de ese momento; uno, en los lienzos de Fra Angélico; otro, en las páginas evangélicas de San Lucas; un tercero, en el pensamiento teológico de Santo Tomás.Estos tres rastros sonpalabra hecha luz; luz que es calor y perfil de amanecer, Verbo encarnado y verdad de salvación. Porque el arcángel Gabriel es el portador de la palabra omnipotente, el gran mensajero, el primer embajador de Dios a los hombres.Contemplemos la escena de su mensaje con nuestros ojos del cuerpo, poniéndolos sobre la tabla del Angélico. A la izquierda, entre el verde follaje del paraíso perdido, Adán y Eva, la primera pareja humana, que se aleja bajo la pesadumbre de su culpa. Arriba, sobre una ráfaga de oro, el Espíritu divino, y a la derecha, bajo una tenue y transparente luz de amanecer, el inefable espectáculo de la reconciliación entre Dios y la naturaleza humana, que se anuncia en el saludo del ángel, bajo la bóveda azul, tachonada de estrellas de oro, sin más testigo que la golondrina silenciosa sobre la barra de hierro entre las esbeltas columnas. El arcángel se inclina reverente ante la Virgen con sus brazos cruzados. Hay en él una armonía de amapolas y de trigo maduro; hay en Ella un juego de rosas y azul. La ráfaga luminosa del Espíritu toca apenas las alas y la aureola del arcángel y besa el pecho inmaculado de la doncella, que acepta el mensaje. Todo es elegancia, suprema elegancia de cuerpo y de espíritu, que es el signo de lo angélico.Para poner sonido de este mudo cuadro de colores divinos, se nos acerca San Lucas y nos repite con sobrecogedora sencillez las palabras del arcángel.Gabriel, enviado por Dios a Nazaret de Galilea, está ante María, la Virgen desposada con José, el varón justo de la casa de David. Y entrando a ella le dice: "Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo." Se turba la Doncella al oír estas palabras y busca el significado de la desconcertante salutación. Y el ángel la serena: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin."María, suavemente, pregunta: "¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?" Y el ángel descorre el velo del inmenso enigma: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios. E Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril, porque nada hay imposible para Dios." María, rendida y humildemente, acepta: "He aquí a la sierva del Señor; hágase en mi según tu palabra." El ángel parte. La Redención ha comenzado. La misión, del embajador ha quedado soberanamente cumplida (Lc. 1,26ss.).Pero a los hombres —a estos pobres seres que somos los hombres— nos quedan, atenazantes, unas cuantas preguntas. Para que Dios viniera al mundo a redimirnos, ¿era necesario este insólito anuncio a la Santísima Virgen, a través de un arcángel? ¿No había sido ya objeto de una profecía de predestinación el misterio de la Encarnación del Mesías en el seno de una Virgen? Y si la Virgen María tenía esa fe en la Encarnación y creía en ella con invencible certeza, como indiscutiblemente creía, ¿para qué el anuncio a través de un ángel? Aún más: si concebir en el espíritu es algo superior a concebir en el cuerpo, y son muchas las almas santas que conciben espiritualmente, ¿para qué era necesario y cómo fue posible que la Virgen de las vírgenes recibiera esa noticia de boca de una criatura, aunque fuera arcángel? La mente, a la vez poderosa y angélica de Santo Tomás de Aquino, se hace problema de estos misterios y nos abre perspectivas de luz (Summa Theologica 3 q.30). La anunciación a María era necesaria, no con necesidad absoluta, pero sí con necesidad relativa, de conveniencia, porque la unión del Hijo de Dios a María debía hacerse gradualmente y porque antes que concibiera a su Hijo en la carne, el espíritu de la Virgen tenía que estar advertido de la insondable maravilla. Con razón San Agustín ha podido decir que María fue más feliz al abrazarse a la fe en el Cristo que se le anunciaba, que al concebirlo en su carne. Pero, además, al ser instruida por Dios del gran misterio a través del ángel, se transformaba la Virgen Madre en el testigo más seguro y podía ofrecer a Dios, sin demora, el don voluntario de su ofrenda, de su entrega y servicio, que dejaba sellado, externa y solemnemente, el matrimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana entera.Pero por qué ese anuncio tenía que hacerse a través de un ángel? Si Dios se revela directamente, sin intermediario, a los ángeles supremos y si María está por encima de todos los ángeles, ¿por qué no le haría Dios directamente a Ella la revelación del misterio? De otro lado, si en el orden humano establecido por Dios, las mujeres, como enseña San Pablo, deben ser instruidas de las realidades divinas por sus esposos, ¿por qué el misterio de la Encarnación no fue anunciado a la Virgen bienaventurada a través de San José, en vez de serlo por mediación del arcángel? Y aún más: Si Dios eligió a un ángel para transmitir su palabra, ¿no debía haber sido uno de los ángeles de la jerarquía suprema, la de los serafines? Sin embargo, el texto revelado de San Lucas es inequívoco: Dios eligió precisamente a un arcángel, al arcángel Gabriel, para ser su mensajero en la Anunciación a María. Y convenía que así fuese por tres razones principales, que desgrana el genio teológico de Santo Tomás.Dios, en su plan, de gobierno del universo, reveló los misterios a los hombres por medio de los ángeles. El arcángel Gabriel dio a conocer a Zacarías el próximo nacimiento de su hijo, el profeta Juan, y el mismo arcángel completaría el anuncio revelando a María el misterio por excelencia de la Encarnación del Verbo.En segundo lugar, la humanidad debía ser regenerada por Cristo. Si un ángel de obscuridad, bajo forma de serpiente, causó la perdición de la primera mujer, convenía que un ángel de luz restaurara la paz entre la humanidad y Dios a través de otra mujer: la Virgen María.Por último, esa virginidad misma de la Madre de Dios requería que fuese un ángel el que le anunciara la Encarnación porque la vida de las vírgenes es como una vida de ángeles sobre la tierra y aunque la que había de ser Madre de Dios era ya superior a los ángeles por la dignidad a la que había sido divinamente elegida, sin embargo, su estado de vida presente, de vida corpórea, la hacía inferior a ellos y entraba dentro de la armonía de los planes divinos que fuese un ángel quien se acercase a ella para anunciarle la Buena Nueva. Y ese ángel no tenía por qué pertenecer a la jerarquía suprema de los serafines, sino ser el primero del orden de los arcángeles, porque a los arcángeles les corresponde la misión de intermediarios, de mensajeros entre Dios y los hombres. Y Gabriel —recordemos— es, por su nombre mismo, "el fuerte de Dios". ¿Quién mejor que él para anunciar a una criatura humana Que llegaba a la tierra el Señor de todo poder y de toda verdad?Todavía puede asaltarnos una duda o reproche: ¿por qué Gabriel, el ángel anunciador, tomó forma corpórea para aparecerse a la Virgen? ¿No hubiera sido más alta una visión espiritual o, a lo más, una visión imaginativa, como la de San José durante su sueño? ¿No se hubiera evitado así la turbación que, según el Evangelio mismo de San Lucas, produjo a la Virgen la aparición corporal del ángel? Sin embargo, la revelación no nos permite dudar de que el arcángel Gabriel se apareció en forma corpórea a la Virgen María, con rostro rutilante, vestido resplandeciente, en, actitud admirable, según le describe San Agustín:"Facie rutilans, veste coruscans, incessu mirabilis."Podía, en verdad, haberse dado una visión espiritual o imaginativa, pero había, según el Doctor Angélico, poderosas razones de conveniencia para que la aparición fuese bajo forma corpórea. Primero, por el mensaje mismo, Ya que lo que en ángel venía a anunciar era la encarnación de un Dios invisible y esta idea se hacía más clara y rotunda si una criatura invisible, como un arcángel, tomaba forma visible al acercarse a la mujer elegida entre todas las mujeres para ser Madre de Dios.Segundo, por la dignidad misma de la Virgen Madre que había de recibir al Hijo de Dios no sólo en su seno corporal, sino también en su espíritu; y para ello importaba que sus sentidos exteriores fuesen reconfortados, al mismo tiempo que su espíritu, por una aparición angélica.Finalmente, para que el extraordinario mensaje lograra el necesario grado de certeza, era conveniente que llegara al espíritu por vía de los sentidos, ya que el ser humano capta con mayor seguridad lo que ven sus ojos que lo que forja su imaginación.Y no importa que esa aparición corpórea produjera turbación en la Virgen. Siempre que una fuerza superior del espíritu actúa sobre nuestras vidas, sea a través de visiones imaginativas o de apariciones sensibles, experimentamos turbación. Pero eso es motivo de honor y no de humillación, porque ese estremecimiento en las potencias inferiores tiene precisamente por causa el hecho de la elevación del espíritu a un plano más alto. Y, además, en el caso de la Virgen María, la turbación no fue de duda —como la de Zacarías frente al mismo arcángel Gabriel—, sino de humildad y pudor, y mereció la inmediata palabra tranquilizadora del mensajero: "Ne timeas", "No temas", y la plena revelación del misterio. Santo Tomás subraya agudamente —glosando a San Lucas— que lo que turbó a la Virgen no fue la vista del ángel corpóreo, sino el insondable mensaje que brotaba de sus labios; un mensaje que el arcángel cumplió en un orden perfecto, consecuente con la triple finalidad de su misión. Gabriel tenía que poner al espíritu de la Virgen en actitud de expectativa ante una gran realidad; y por ello la saluda con un saludo nuevo e insólito, al llamarla "llena de gracia", y al decir que el Señor está con Ella y que es bendita entre todas las mujeres. Además, el ángel debía instruir a la Virgen en el misterio de la Encarnación que iba a tener lugar en Ella, y lo hace con las delicadas palabras de que "concebirá en su seno" y de que "el Espíritu Santo vendrá sobre Ella". Y, por último, el ángel debía obtener del corazón de la Virgen una palabra de consentimiento, y para lograrla, evoca el ejemplo de su prima Isabel, grávida en su ancianidad, y, sobre todo, descorre el velo del misterio de la omnipotencia divina.Esta es la breve y divina historia del arcángel Gabriel. Supalabravence al tiempo y nos llega viva a nosotros cada vez que releemos el relato evangélico o que rememoramos la figura del enviado del Señor. Una palabra que nos abre los oídos del espíritu al ser último de todas las cosas;palabra de feen el Dios Omnipotente. Una noticia que nos abre, como a la Virgen María, los ojos del alma a la belleza de la patria que no vemos;palabra de esperanzaen la promesa, que garantiza con su sacrificio y con su redención el Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho Hombre en las entrañas de María. Un mensaje, por último, que nos abre el corazón, nuestro duro corazón de piedra, al latido del amor;palabra de caridadenardecida por el Espíritu, que liga al cielo y la tierra, al hombre con Dios.¡Oh tú, arcángel San Gabriel, embajador de Dios, patrono de todos los embajadores y mensajeros de la tierra, de todos los que tienen que cumplir misiones cerca de los hombres; tú a quien contemplamos amorosamente en silencio, empújanos a ser incansables heraldos de la pureza y de la humildad de María y de la realeza y la magnanimidad de Dios!
Categoría: Santoral / Septiembre
Publicado: 2026-02-26T23:43:49Z | Modificado: 2026-02-26T23:43:49Z