Santoral del Día

📌 Santoral del Día: 2 de Julio


Beato Pedro de Luxemburgo

En Villeneuve, cerca de Aviñón, en Francia, tránsito del beato Pedro de Luxemburgo, obispo de Metz, siempre entregado a la penitencia y a la oración.Pedro era hijo de Guido de Luxemburgo, conde de Ligny, y de Maquilda de Chátillon. Nació en 1369 y quedó huérfano a los cuatro años. Como se distinguiese por su piedad e inteligencia, a los diez años fue enviado a proseguir sus estudios en París. Por un abuso tan común en aquella época, fue nombrado inmediatamente canónigo de la catedral de Notre-Dame. Entre 1380 y 1381, pasó varios meses en Calais como rehén por su hermano mayor, que había caído prisionero de los ingleses. Pedro procuraba progresar seriamente en humildad y perfección. Eso era lo que buscaba en todas sus acciones y no las dignidades eclesiásticas. Pero Clemente VII, el Pontífice de Aviñón, a quien Francia consideraba como el verdadero papa en el «gran cisma», le nombró, en 1384 (¡a los 15 años!), obispo de Metz y, dos meses más tarde, le elevó al cardenalato, pues el poder de la familia de Pedro hacía conveniente que se le tomase en consideración.A fin de poder tomar posesión de su sede, ocupada por los partidarios de Urbano VI, Pedro tuvo que reunir, muy contra su voluntad, un ejército. Pero toda su santidad no era suficiente pura suplir la falta de las órdenes sagradas, ya que Pedro era sólo diácono, y aunque estaba nombrado, no podía ser aun ordenado obispo; así pues, se le dio por auxiliar a un fraile de Santo Domingo, y éste fue consagrado obispo. Pedro emprendió, con dicho fraile, la visita de su diócesis, y en todas partes corrigió los abusos y dio muestras de celo y de prudencia. Pero las vicisitudes políticas le obligaron pronto a salir de Metz y, en el otoño de 1386, Clemente VII le convocó a Aviñón.Pedro continuó ahí su vida de penitencia, hasta que el Pontífice le ordenó que se moderase para no acabar con su salud. El beato respondió sencillamente: «Santo Pudre, yo voy a ser toda mi vida un siervo inútil, pero lo menos que puedo hacer es obedecer». A partir de entonces, se dedicó a suplir la penitencia con la limosna. Su liberalidad era tan grande, que su bolsa estaba siempre vacía; su mesa era frugal, su casa modesta, su mobiliario sencillo y sus vestidos pobres. Aunque parecía imposible distribuir más limosnas, el beato encontró todavía la manera de regalar a los pobres los muebles de su casa y de vender su anillo episcopal. En la colegiata de Nuestra Señora de Autun hay un cuadro antiguo que representa al beato en éxtasis, con las siguientes palabras, que él solía repetir: «Desprecio del mundo. Desprecio de ti mismo. Alégrate de ser despreciado, pero no desprecies a nadie».A principios de 1387, como su salud se hallase muy resentida, Pedro tuvo que ir en busca de mejor aire a Villenueve, en la otra ribera del Ródano. Ahí murió el 2 de julio, en la cartuja en la que se había hospedado, después de escribir una carta a su querida hermana Juana. Su tumba se convirtió pronto en un sitio de peregrinación y en ella tuvieron lugar varios milagros. El Papa Clemente VII le beatificó en 1527. El Beato Pedro tenía dieciocho años al morir.En Acta Sanctorum, julio, vol. I, se encontrará la mayor parte del proceso de beatificación, que es la principal fuente de información. Se trata de un documento de excepcional importancia, pues se conservan muy pocas colecciones medievales de las deposiciones de los testigos en los procesos de canonización. Por extraño que parezca, la mayoría de esas colecciones se refieren a santos jóvenes que pertenecían a familias reales o de la alta nobleza. Citaremos como ejemplos a Pedro de Luxemburgo, a San Luis de Anjou, (quien fue consagrado obispo de Toulouse y murió a los veintitrés años de edad), y a Santa Margarita de Hungría, que murió antes de cumplir los veintinueve años. La obra de H. Frangois, Vie du B. Pierre de Luxembourg (1927), es una corta biografía basada en el proceso de beatificación.fuente:«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Proceso

Santos Proceso y MartinianoDebió ser muy ejemplar la presencia de los Apóstoles Pedro y Pablo en la prisión romana cuando se aproximaba su martirio. Habían empleado bien el tiempo para la extensión del Evangelio. Tanto el mundo judío como los gentiles habían tenido ya noticia de la Buena Nueva de la Salvación, quedaba organizada la Iglesia en sus elementos más firmes y estaban presentes ya en el mundo los que continuarían hasta que el Señor de la Historia decida el fin de la presencia del hombre sobre la faz de la tierra. Ellos intuyen que está próximo el fin de su carrera; el propio Pablo lo deja por escrito en sus cartas. Sólo queda recorrer la recta final.El Martirologio Romano, así como el de Beda, Usuardo y Adón consignan en sus listados de mártires a Proceso y Martiniano. Resumen la entrega de su vida por Cristo presentándolos como dos de los principales carceleros que tenían la misión de custodiar la cárcel Mamertina de Roma en tiempos de Nerón y del encarcelamiento de los Apóstoles previo a su martirio.Sin ser muy explícitos sobre su existencia, la áurea de los siglos adornó con posibilidades lo desconocido de su vida, constituyéndolas en catequesis devota. Se les presenta como soldados probablemente zafios, algo brutos y más que ensombrecidos por la escoria de la sociedad que tienen que soportar cada día en aquella cárcel pestilente. Debió resultarles extraña la presencia de aquellos dos presos que no aúllan ni vociferan como los demás; no insultan ni blasfeman, no maldicen ni amenazan. Más bien les pudieron parecer faltos de razón o trastornados por la sencillez y ensimismamiento que por tanto rato mantenían; y a lo que no encontraban ninguna explicación era a la atención que prestaban a sus compañeros de prisión a los que intentan consolar, atendiéndoles como pueden; hasta han visto que les daban de su comida y que han ayudado a moverse a los que ya ni eso pueden. Y les hablan de bondad, de vivir siempre, de resurrección. Un judío, Cristo, les dará la libertad y la salud. Alguno parece que les escucha con especial atención y lo incomprensible es que con la última remesa de presos que ha llegado por haber incendiado nada menos que la ciudad de Roma, ha cambiado el tono de la cárcel donde empiezan a oírse cantos y hasta sonrisa en los labios resecos por la fiebre, el contagio y el temor.Los dos carceleros comienzan prestando atención a lo que dicen y terminan acercándose a recibir, en susurros y casi a escondidas, instrucción. Una luz del cielo se les ha encendido dentro; piden ser discípulos, quieren recibir el bautismo y se ofrecen como sustitutos de sus puestos dejándoles abierta la prisión. Una fuente de agua brota de la piedra, signada por Pedro con la cruz, para poder administrar el bautismo a ellos y a otros cuarenta y siete más. Esa es la fuente que desde entonces da agua milagrosa a quien quiere beberla para remedio de algún mal.Sabedor el juez Paulino de lo sucedido les llama al orden, animándoles a dejar lo que incautamente han abrazado e instándoles a ofrecer culto y reconocimiento a los dioses de siempre. Pero nada puede remover su decisión y, después de escupir la estatua de Júpiter, son azotados y atormentados con la pena del fuego en la que no se sabe cómo el juez se queda ciego, es poseído del demonio y muere en tres días. A los dos que fueron carceleros les cortaron la cabeza en la Via Aurelia, fuera de los muros de la ciudad, el día 2 de Julio, dejando sus cuerpos a los perros.Dicen que la piadosa Lucina -matrona que nunca falta en la recogida de cuerpos de mártires- los mandó levantar y dar sepultura en su propiedad hasta que pudieron trasladarse a la iglesia que construyó en su honor.Valga la historia posible de Proceso y Maximiano para ayudarnos a sus lectores, si no a investigar si en todos los puntos fue verdad, al menos para fortalecernos en los valores que no fallan y que ellos supieran elegir frente a la quincallería de esta vida.


San Otón (Abad)

Queridos hermanos y hermanas:Tras una larga pausa, quisiera retomar la presentación de los grandes escritores de la Iglesia de Oriente y Occidente de la época medieval, porque, como en un espejo, en sus vidas y sus escritos, vemos qué significa ser cristianos. Hoy os propongo la figura luminosa de san Otón, abad de Cluny: ésta se coloca en ese medioevo monástico que vio la sorprendente difusión en Europa de la vida y de la espiritualidad inspiradas en la Regla de san Benito. Se dio durante aquellos siglos un prodigioso surgimiento y multiplicación de claustros que, ramificándose en el continente, difundieron en él el espíritu y la sensibilidad cristianas. San Otón nos lleva, en particular, a un monasterio, Cluny, que durante la edad media fue uno de los más ilustres y celebrados, y aún hoy revela a través de sus ruinas majestuosas las huellas de un pasado glorioso por su intensa dedicadión la ascesis, al estudio y, de modo especial, al culto divino, envuelto en decoro y belleza.Otón fue el segundo abad de Cluny. Nació hacia el 880, en los confines entre Maine y Turena, en Francia. Fue consagrado por su padre al santo obispo Martín de Tours, a cuya sombra benéfica y en cuya memoria pasó Otón toda su vida, concluyéndola al final cerca de su tumba. La elección de la consagración religiosa estuvo en él precedida por la experiencia de un especial momento de gracia, del que él mismo habló a otro monje, Juan el Italiano, que después fue su biógrafo. Otón era aún adolescente, sobre los dieciséis años, cuando en una vigilia de Navidad, sintió cómo le salía espontáneamente de los labios esta oración a la Virgen: "Señora mía, Madre de misericordia, que en esta noche diste a luz al Salvador, reza por mí. Que tu parto glorioso y singular sea, oh la más pía, mi refugio" (Vita sancti Odonis, I,9: PL 133,747). El apelativo "Madre de misericordia", con el que el joven Otón invocó entonces a la Virgen, será con el que él quiso siempre dirigirse a María, llamándola también "única esperanza del mundo... gracias a la cual se nos han abierto las puertas del paraíso" (In veneratione S. Mariae Magdalenae: PL 133,721). En aquel tiempo empezó a profundizar en la Regla de san Benito y a observar algunos de sus mandatos, "llevando, aún sin ser monje, el yugo ligero de los monjes" (ibídem, I,14: PL 133,50). En uno de sus sermones Otón se refirió a Benito como "faro que brilla en la tenebrosa etapa de esta vida" (De sancto Benedicto abbate: PL 133,725), y lo calificó como "maestro de disciplina espiritual" (ibídem: PL 133,727). Con afecto reveló que la piedad cristiana "con más viva dulzura hace memoria" de él, consciente de que Dios lo ha elevado "entre los sumos y elegidos Padres de la santa Iglesia" (ibídem: PL 133,722).Fascinado por el ideal benedictino. Otón dejó Tours y entró como monje en la abadía benedictina de Baume, para pasar después a la de Cluny, de la que se convirtió en abad en el año 927. Desde ese centro de vida espiritual pudo ejercer una amplia influencia en los monasterios del continente. De su guía y de su reforma se beneficiaron también en Italia diversos cenobios, entre ellos el de San Pablo Extramuros. Otón visitó Roma más de una vez, llegando también a Subiaco, Montecassino y Salerno. Fue precisamente en Roma donde, en el verano del año 942, cayó enfermo. Sintiéndose cercano a la muerte, con todos los esfuerzos quiso volver junto a su san Martín, en Tours, donde murió durante el octavario del santo, el 18 de noviembre del 942. Su biógrafo, al subrayar en Otón la "virtud de la paciencia", ofrece un largo elenco de sus demás virtudes, como el desprecio del mundo, el celo por las almas, el compromiso por la paz de las Iglesias. Grandes aspiraciones del abad Otón eran la concordia entre el rey y los príncipes, la observancia de los mandamientos, la atención a los pobres, la corrección a los jóvenes, el respeto a los viejos (cf. Vita sancti Odonis, I,17: PL 133,49). Amaba la celdita donde residía, "alejado de los ojos de todos, preocupado por agradar sólo a Dios" (ibídem, I,14: PL 133,49). No dejaba, sin embargo, de ejercitar también, como "fuente sobreabundante", el ministerio de la palabra y del ejemplo, "llorando este mundo como inmensamente mísero" (ibídem, I,17: PL 133,51). En un sólo monje, comenta su biógrafo, se encontraban unidas las distintas virtudes existentes de forma desperdigada en los demás monasterios: "Jesús, en su bondad, basándose en los diversos jardines de los monjes, formaba en un pequeño lugar un paraíso, para regar desde su fuente los corazones de los fieles" (ibídem, I,14: PL 133,49).En un pasaje de un sermón en honor de María Magdalena, el abad de Cluny nos revela cómo concebía la vida monástica: "María que, sentada a los pies del Señor, con espíritu atento escuchaba su palabra, es el símbolo de la dulzura de la vida contemplativa, cuyo sabor, cuanto más es gustado, tanto más induce al alma a desapegarse de las cosas visibles y de los tumultos de las preocupaciones del mundo" (In ven. S. Mariae Magd., PL 133,717). Es una concepción que Otón confirma en otros escritos suyos, de los que se trasluce su amor por la interioridad, una visión del mundo como realidad frágil y precaria de la que hay que desarraigarse, una constante inclinación al desapego de las cosas consideradas como fuente de inquietud, una aguda sensibilidad por la presencia del mal en las diversas categorías de hombres, una íntima aspiración escatológica. Esta visión del mundo puede parecer bastante alejada de la nuestra, y sin embargo la de Otón es una concepción que, viendo la fragilidad del mundo, valora la vida interior abierta al otro, al amor por el prójimo, y precisamente así transforma la existencia y abre el mundo a la luz de Dios.Merece particular mención la "devoción" al Cuerpo y a la Sangre de Cristo que Otón, frente a un extendido abandono, vivamente deplorado por él, cultivó siempre con convicción. Estaba firmemente convencido de la presencia real, bajo las especies eucarísticas, del Cuerpo y la Sangre del Señor, en virtud de la conversión "sustancial" del pan y del vino. Escribía: "Dios, el Creador de todo, tomó el pan, diciendo que era su Cuerpo y que lo habría ofrecido para el mundo, y distribuyó el vino, llamándolo su Sangre"; por tanto, "es ley de naturaleza el que se dé la mutación según el mandato del Creador", y por tanto, "inmediatamente la naturaleza cambia su condición habitual: sin duda el pan se convierte en carne, y el vino se convierte en sangre"; a la orden del Señor "la sustancia cambia" (Odonis Abb. Cluniac. occupatio, ed. A. Swoboda, Lipsia 1900, p.121). Por desgracia, anota nuestro abad, este "sacrosanto misterio del Cuerpo del Señor, en el que consiste toda la salvación del mundo" (Collationes, XXVIII: PL 133,572), es celebrado con negligencia. "Los sacerdotes --advierte-- que acceden al altar indignamente, manchan el pan, es decir, el Cuerpo de Cristo" (ibídem, PL 133,572-573). Solo el que está unido espiritualmente a Cristo puede participar dignamente en su Cuerpo eucarístico: en caso contrario, comer su carne y beber su sangre no sería su beneficio, sino su condena" (cf. ibídem, XXX, PL 133,575). Todo esto nos invita a creer con nueva fuerza y profundidad en la verdad de la presencia del Señor. La presencia del Creador entre nosotros, que se entrega en nuestras manos y nos transforma como transforma el pan y el vino, transforma así el mundo.San Otón ha sido un verdadero guía espiritual tanto para los monjes como para los fieles de su tiempo. Frente a la "vastedad de los vicios" difundidos en la sociedad, el remedio que él proponía con decisión era el de un cambio radical de vida, fundado sobre la humildad, la austeridad, el desapego de las cosas efímeras y la adhesión a las eternas (cf. Collationes, XXX, PL 133, 613). A pesar del realismo de su tiempo, Otón no se rinde al pesimismo: "No decimos esto --precisa-- para precipitar en la desesperación de aquellos que quisieran convertirse. La misericordia divina está siempre disponible; ella espera la hora de nuestra conversión" (ibídem: PL 133, 563). Y exclama: "¡Oh inefables entrañas de la piedad divina! Dios persigue las culpas y sin embargo protege a los pecadores" (ibídem: PL 133,592). Apoyado en esta convicción, el abad de Cluny amaba detenerse en la contemplación de la misericordia de Cristo, el Salvador que él calificaba sugestivamente como "amante del hombre": "amator hominum Christus" (ibídem, LIII: PL 133,637). Jesús ha tomado sobre sí los flagelos que nos correspondían a nosotros --observa-- para salvar así a la criatura que es obra suya y a la que ama (cf. ibídem: PL 133, 638).Aparece aquí una característica del santo abad a primera vista casi escondida bajo el rigor de su austeridad de reformador: la profunda bondad de su alma. Era austero, pero sobre todo era bueno, un hombre de gran bondad, una bondad que proviene del contacto con la bondad divina. Otón, así dicen sus coetáneos, difundía alrededor suyo la alegría de la que estaba colmado. Su biógrafo atestigua no haber oído nunca salir de boca de hombre "tanta dulzura de palabra" (ibídem, I,17: PL. Acostumbraba, recuerda su biógrafo, invitar a cantar a los chiquillos que encontraba por el camino y después hacerles algún pequeño regalo, y añade: "Sus palabras estaban llenas de exultación..., su hilaridad infundía en nuestros corazón una íntima alegría" (ibídem, II, 5: PL 133,63). De esta forma el vigoroso y al mismo tiempo amable abad medieval, apasionado de la reforma, con acción incisiva alimentaba en los monjes, como también en los fieles de su tiempo, el propósito de progresar con paso diligente en la vía de la perfección cristiana. 133,31)Que su bondad, la alegría que proviene de la fe, unidas a la austeridad y a la oposición a los vicios del mundo, toquen también nuestro corazón, para que también nosotros podamos encontrar la fuente de la alegría que brota de la bondad de Dios.© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana


Categoría: Santoral / Julio

Publicado: 2026-02-26T23:42:31Z | Modificado: 2026-02-26T23:42:31Z