📌 Santoral del Día: 10 de Julio
Santos Félix (Felipe, Vital)
Santos Félix, Felipe, Vital, Marcial, Alejandro, Silano y Jenaro,mártiresEn Roma, santos mártires Félix y Felipe, que están enterrados en el cementerio de Priscila; Vital, Marcial y Alejandro, en el de los Jordanos; Silano, en el de Máximo; y Jenaro, en el de Pretextato, cuya memoria recuerda y conmemora hoy conjuntamente la Iglesia Romana con alegría, sintiéndose honrada con sus triunfos y protegida por la intercesión de tantos y tan ejemplares santos.Como lo afirma el elogio del Martirologio Romano, santa Felicitas es una mártir enterrada en la catacumba de Máximo, y que ha gozado de culto desde la antigüedad. Sin embargo, bien sabemos que a la tradición oral y popular no le basta con tan pocos datos, así que ya desde muy antiguo surgió una leyenda que vincula muy estrechamente a esta mártir con otros siete que se celebran el 10 de julio, y que pasan por ser «los siete hijos de santa Felicitas». Este artículo, por tanto, trata de una forma unificada las dos memorias, la del 10 de julio y la del 23 de noviembre, sobre todo en atención a que los ocho mártires aparecen unidos en la iconografía y el culto ancestral.Según la leyenda, Felicitas era una noble cristiana que se había consagrado a Dios en su viudez y vivía dedicada a la oración y las obras de caridad. Su ejemplo y el de su familia convirtió a numerosos idólatras a la fe. Ello enfureció a los sacerdotes paganos, quienes se quejaron al emperador Antonino Pío de que las numerosas conversiones que obraba Felicitas provocarían la cólera de los dioses y, como consecuencia, la ciudad y todo el país, sufriría terrible desolación. El emperador dejó el asunto en manos de Publio, prefecto de Roma, quien mandó que la santa y sus hijos compareciesen ante él. Tomó aparte a Felicitas y trató por todos los medios de inducirla a ofrecer sacrificios a los dioses para no verse obligado a imponer un castigo a ella y a sus hijos. Pero la santa respondió: «No trates de atemorizarme con tus amenazas ni de ganarme con tus halagos, porque el Espíritu de Dios, que habita en mí, no permitirá que me venzas, sino que me sacará victoriosa de todos tus ataques». Publio replicó: «¡Infeliz de ti! ¡Si lo que quieres es morir, muere en buena hora pero no mates a tus hijos!» «Mis hijos -respondió Felicitas- vivirán eternamente si permanecen fieles a la fe, pero si ofrecen sacrificios a los ídolos, les espera la muerte eterna».Al día siguiente, el prefecto mandó llamar de nuevo a Felicitas y sus hijos y dijo a ésta: «Apiádate de tus hijos, Felicitas, pues están en la flor de la juventud». La santa replicó: «Tu piedad es impía y tus palabras crueles». En seguida, se volvió hacia sus hijos y les dijo: «Hijos míos, levantad los ojos al cielo, donde os esperan Jesucristo y sus santos. Permaneced fieles a su amor y luchad valientemente por vuestras almas». Publio montó en cólera al oír aquello y replicó airadamente: «Es una insolencia que hables así a tus hijos en mi presencia, tanto como tu desobediencia a las órdenes del soberano, por lo tanto serás castigada». A continuación, mandó que la azotaran. El prefecto llamó entonces, por separado, a cada uno de los jóvenes y trató de conseguir, con promesas y amenazas, que adorasen a los dioses. Como todos se negasen a ello, ordenó que los azotaran y los encerraran en un calabozo. El prefecto informó del caso al emperador, el cual mandó que fuesen juzgados por jueces diferentes y condenados a diversos géneros de muerte. Jenaro murió destrozado por los látigos; Félix y Felipe perecieron a golpes de mazo; Silvano fue arrojado al Tíber; Alejandro, Vidal y Marcial alcanzaron la corona por la espada. También la madre fue decapitada, después de haber visto morir a sus hijos.A propósito de la muerte de santa Felicitas, san Agustín dice: «El espectáculo que se presenta a los ojos de nuestra fe es magnífico. Hemos oído y visto con la imaginación a esa madre que, contra todos sus instintos humanos, escoge que sus hijos perezcan en su presencia. Pero Felicitas no abandonó a sus hijos, sino que los envió por delante, porque consideraba la muerte, no como el fin sino como el principio de la vida. Estos mártires renunciaron a una existencia que debía terminar forzosamente, para pasar a una vida que no termina jamás. Pero Felicitas no se contentó con ver morir a sus hijos, sino que los alentó a ello y, al hacerlo, consiguió que su valor fuese todavía más fecundo que su seno. Al verlos luchar, luchó con ellos y la victoria de cada uno de sus hijos fue su propia victoria». San Gregorio Magno predicó una homilía el día de la fiesta de santa Felicitas, en la iglesia que se erigió sobre la tumba de la santa en la Vía Salaria. En dicha homilía dice que Felicitas, «que tenía siete hijos, temía que alguno le sobreviviese, como otras madres temen sobrevivir a sus hijos. Su martirio fue mayor, ya que, al ver morir a todos sus hijos, sufrió el martirio en cada uno de ellos. Felicitas fue la última en morir; pero desde el primer momento sufrió, de suerte que su martirio comenzó con el del primero de sus hijos y terminó con su propia muerte. Así ganó, no sólo su corona, sino la de todos sus hijos. Al presenciar sus tormentos, permaneció constante, sufrió, porque era madre, pero se regocijó porque poseía la esperanza. En santa Felicitas la fe triunfó de la carne y de la sangre, cuando en nosotros no es capaz de vencer las pasiones y arrancar nuestro corazón de este mundo corrompido».A pesar de la elocuencia de san Agustín y de san Gregorio, de lo dicho por Alban Butler y, no obstante, el valor moral y religioso de las lecciones que se sacan de este martirio, no se puede considerar el hecho como histórico. Está fuera de duda que una mujer llamada Felicitas sufrió el martirio y fue sepultada en el cementerio de Máximo, en la Vía Salaria. La fiesta de esta mártir se celebraba y se celebra el 23 de noviembre. Pero sólo unas «Actas» de muy dudoso valor histórico afirman que los «Siete hermanos» eran sus hijos: a decir verdad, ni siquiera consta que esos siete mártires fuesen hermanos entre sí.Por lo menos desde mediados del siglo V, se conmemoraba el 10 de julio el triunfo de siete mártires. Dos de ellos, Félix y Felipe, fueron sepultados en el cementerio de Priscila; Marcial, Vidal y Alejandro, en el cementerio «de los Jordanos»; Jenaro en el cementerio de Pretextato, donde de Rossi descubrió, en 1863, una capilla decorada con frescos y una inscripción en la que se invocaba a dicho santo; Silano fue sepultado en la catacumba de Máximo. Tal vez, el origen de la leyenda de que estos siete mártires eran hijos de santa Felicitas fue que la tumba de Silano (o Silvano) estaba junto a la de dicha santa.A fines del siglo XIX, se discutió mucho sobre santa Felicitas y sus siete hijos. Aunque las actas, según lo dijimos antes, son muy posteriores y de autoridad dudosa, consta sin embargo la existencia de un culto muy antiguo por el Calendario Filocaliano, el epitafio de San Dámaso y el Hieronymianum. El P. Delehaye, que estudió la cuestión varias veces en su obra, concluye que es indudable que un hagiógrafo inventó que los siete mártires del 10 de julio eran hermanos para crear un paralelo cristiano a la narración bíblica de los Macabeos (2Mac 7).El texto de las actas puede verse en las «Acta Sincera» de Ruinart, así como en las ediciones más modernas hechas por Doulcet y Künstle. Entre las críticas más destructivas se cuenta la de J. Führer, Ein Beitrag zur Lösung der Felicitas-Frage (1890), y el folleto que el mismo autor escribió posteriormente para responder a los argumentos de Künstle. En favor de la leyenda, cf. el artículo de Duchesne en Bulletin Critique, 1890, p. 425, y el detalladísimo artículo de Leclrecq en Dictionnaire d'Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. V, ce. 1259-1298. El P. Delehaye volvió sobre la cuestión en «Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum» (pp. 362-364) y en «Etude sur le légendier romain» (1936), pp. 116-123.Imagenes: secuencia «cinematográfica» de la historia de Felicitas y sus hijos en un retablo de altar en la iglesa de Santa Felicitas en Montagny, en la Picardía francesa, año 1560: 1-Felicitas junto con sus hijos se presenta ante Publio. 2-Muerte de Jenaro. 3-Muerte de Félix y Felipe. 4-Muerte de Silano. 5-Muerte de Vital, Marcial y Alejandro. 6-Felicitas y sus compañeros toman los cuerpos de los niños para llevarlos a enterrar en las catacumbas de Roma.fuente:«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
San Carmelo Bolta Bañuls
San Carmelo Bolta BañulsCarmelo Bolta Bañuls nació en un pequeño pueblo español, Real de Gandía (Valencia), el 29 de mayo de 1803. Creció en una familia de sana tradición religiosa, desde muy joven se sintió fuertemente atraído por los relatos de su tío materno, el padre franciscano Isidoro Bañuls, que volvía de su misión en Tierra Santa.Admitido al noviciado en el Real Convento de San Francisco de Valencia de los Menores Observantes, se hizo fraile menor y fue ordenado sacerdote en 1829: una vez obtenido el permiso de sus superiores para ir a las misiones de Tierra Santa, embarcó el 20 de julio de 1831, junto con el padre Manuel Ruiz, hacia Jaffa, a donde llegó el 3 de agosto de 1831.«Sabemos que era un hombre culto, cordial y afable en sus maneras, pero de salud delicada – continúa fray Ulises –. Por eso tuvo que dimitir tras unos meses de su cargo como superior del hospicio de Jaffa, porque el clima era perjudicial para su salud». Durante su estancia en Tierra Santa, el padre Carmelo, que dominaba las lenguas orientales, se dedicó principalmente a enseñar a sus compañeros religiosos que se preparaban para el sacerdocio en Jerusalén.Fue guardián en Damasco durante tres años (1843-1845) y posteriormente, de 1845 a 1851 fue párroco en Ein Karem, en San Giovanni in Montana. El mes de septiembre de 1851 regresó a Damasco como párroco y profesor de árabe de los jóvenes sacerdotes: en su cargo, a finales de los años cincuenta, estuvo acompañado por el padre Engelbert Kolland, también mártir.La gracia del martirio«En el caso del padre Carmelo tenemos un testigo visual de su martirio – explica fray Ulises –. Se trata de Naame Massabki, hijo de Mooti, uno de los tres mártires maronitas. Naame era un niño en el momento de los hechos, y se escondió en un rincón de la iglesia cuando los drusos irrumpieron en el convento».Las últimas palabras de Carmelo fueron: “Jamás, porque Jesucristo dice: No temáis a los que matan el cuerpo, sino a lo que puede matar el cuerpo y el alma y enviarlos al infierno”. Esto es algo que tienen en común el padre Carmelo y fray Manuel Ruiz con todos los demás mártires: porque en su historia hay un momento concreto en el que aceptan esa gracia, la gracia del martirio».Las últimas palabras de Carmelo fueron: “Jamás, porque Jesucristo dice: No temáis a los que matan el cuerpo, sino a lo que puede matar el cuerpo y el alma y enviarlos al infierno”. Esto es algo que tienen en común el padre Carmelo y fray Manuel Ruiz con todos los demás mártires: porque en su historia hay un momento concreto en el que aceptan esa gracia, la gracia del martirio».https://www.custodia.org(Silvia Giuliano)
San Michael Kolland
Michael Kolland nació en Austria, en Ramsau, aldea de la parroquia de Zell am See, el 21 de septiembre de 1827, hijo de Kajetan Kolland y Maria Sporer, de condiciones sociales modestas, rico en virtudes cristianas, pero con tendencia al luteranismo.. Fue acogido gratuitamente en el seminario diocesano, pero después de cuatro años fue enviado de regreso a su familia porque estaba demasiado inquieto.Asistió a la iglesia de los Frailes Menores Reformados y conoció a sus novicios, decidió convertirse en uno de ellos: entró en el convento en 1847, en Salzburgo, convirtiéndose en Hermano Engelbert. Fue ordenado sacerdote en Trento el 13 de julio de 1851 y pasó los primeros años de su ministerio como vicario parroquial en Bolzano.Habiendo obtenido el permiso de sus superiores para ir a la misión de Tierra Santa, ejerció su apostolado primero en el convento del Santo Sepulcro y luego en Damasco. Debido a las repercusiones de la Guerra de Crimea y a las resoluciones tomadas en el Congreso de París de 1856, los cristianos en Siria comenzaron a ser perseguidos por los musulmanes drusos.El padre Engelberto intentó convencer al padre Emanuele Ruiz López, superior, de que permaneciera en el convento, pero este obedeció su decisión. Sin embargo, cuando los agresores, la noche del 9 al 10 de julio, lograron entrar al convento por una puerta secundaria y decapitaron al superior, el padre Emanuele Ruiz, el padre Engelberto fue el único que murió fuera del convento: arrastrado al patio de la casa donde se había refugiado, lo golpearon cuatro veces con un hacha, después de que estuvo dispuesto a morir por ser cristiano y sacerdote; dos meses después, habría cumplido treinta y tres años.Murieron en total ocho frailes cristianos maronitas y tres hermanos, colaboradores de los religiosos. Los once mártires de Damasco fueron beatificados por el Papa Pío El Martirologio Romano los conmemora el 10 de julio, día de su nacimiento en el Cielo, pero en el Calendario de la Orden de los Frailes Menores su memoria ocurre el 13 de julio; también se celebran el domingo más cercano al 12 de julio, de manera solemne, en Damasco.Emblema: palma, hachaEn verano, el padre abandonó el valle de Zillertal para ir con su esposa a Estiria, donde trabajó como leñador. Luego dejó a sus hijos con una pariente, María Brugger, quien los educó e instruyó. Miguel creció bueno y ferviente: sólo cuando oraba dejaba de lado su carácter vivaz.A pesar de las repetidas intervenciones del sacerdote y príncipe arzobispo Friedrich von Schwarzenberg, los Kolland no regresaron a la Iglesia católica y finalmente tuvieron que abandonar su tierra natal en 1838. Luego se trasladaron a Rachau, en Estiria, junto con sus dos hijos mayores, Anna y Joseph, seguidos más tarde por Félix, el hijo menor. Michael y otro hermano, Florian, se alojaron en la casa de la señora Brugger.Sin embargo, el arzobispo de Salzburgo, durante una visita a la parroquia de Zell, había reconocido en el pequeño Michael signos de una probable vocación sacerdotal: por este motivo lo admitió gratuitamente en el gimnasio del seminario diocesano, junto con su hermano. Sólo Miguel pasó entonces al gimnasio benedictino de San Pedro, como alumno externo.Cuatro años más tarde, sin embargo, volvió con la familia: se encontró que estaba demasiado inquieto. Además, tenía dificultades con el latín y estaba en desacuerdo con sus compañeros mayores. Durante un año trabajó con su padre en Estiria, luego reanudó sus estudios: mientras estaba en contacto con la naturaleza sintió, en su corazón, una voz misteriosa que lo llamaba al servicio de Dios:. Un día se encontró en la calle con un grupo de jóvenes franciscanos novicios. Los observó atentamente y quedó impresionado por su modestia y su concentración. Dirigiéndose a los amigos que estaban con él, exclamó: "Pronto será como uno de ellos".Cumplió su palabra: unos meses más tarde, en 1847, ingresó en el convento de los Frailes Menores Reformados de Salzburgo (desde el 4 de octubre de 1897 unió, junto con los Alcantarini o Scalzi, los Recoletos y los Observantes, en la Orden de los Frailes Menores). : con el , el 19 de agosto de 1847, se convirtió en Fray Engelbert.Durante su noviciado prometió no beber nunca vino, cerveza o café. Se sentía tan cómodo en el convento como en casa: este sentimiento se reflejaba en su rostro y en su buen carácter. También fue muy devoto de la Virgen: entre 1847 y 1848 tradujo al alemán la obra «La mística ciudad de Dios» de María de Ágreda. Celebró su profesión solemne el 22 de noviembre de 1850.Fue ordenado sacerdote en Trento el 13 de julio de 1851 y celebró su primera misa en Bolzano. Antes de su ordenación hizo un voto al Señor: para agradecerle, partiría como misionero a la Custodia de Tierra Santa. Expresó su petición al Capítulo Provincial, que la aceptó; por el momento era vicario en la parroquia de los Frailes Menores de Bolzano.Al mismo tiempo, bajo la dirección del padre Vergeiner, ya misionero en Tierra Santa, emprendió sus estudios teológicos en Schwaz, Bolzano, Hall y Caldaro. En Bolzano, durante el año de formación pastoral, realizó también los exámenes que le capacitaron para confesar y predicar. También intensificó su estudio de lenguas extranjeras: además del alemán, su lengua materna, aprendió latín, inglés, italiano, francés y árabe.El viaje por mar desde Trieste a Alejandría en Egipto y hasta Jaffa duró del 27 de marzo al 13 de abril de 1855. Después de sufrir graves mareos, el padre Engelbert llegó a su primer destino: el convento del Santo Sepulcro en Jerusalén.En una carta describió sus sensaciones nada más llegar: «Me bajé del caballo. El pensamiento de que en esa ciudad el Señor, nuestro Redentor, había derramado su preciosa sangre por mi salvación también me hizo llorar aún más. A las tres de la tarde, a la misma hora en que murió Jesucristo, yo caminaba por las calles de Jerusalén. Donde él había cargado su pesada cruz, yo también quería caminar a pie".Poco después fue destinado como vicario de la parroquia latina de la Conversión de San Pablo en Bab Touma, un barrio de Damasco, en apoyo del padre Carmelo Bolta Bañuls, que era párroco. El destino fue temporal, pero como el padre Carmelo enfermó, asumió prácticamente todas sus funciones, ante la falta de hermanos españoles que hablaran bien árabe.De niño inquieto se había transformado en un sereno hombre religioso, hasta el punto de que todos lo llamaban "Abuna Malak" o "Padre Ángel", también porque Engelbert, que en alemán significa "brillante como un ángel", era un nombre demasiado largo. pronunciar.No sólo se preocupaba por los sacramentos, sino también por llevar medicinas a los enfermos. Observaba con curiosidad el ambiente oriental, pero también era muy realista en cuanto a las relaciones con el Islam. Tuvo la iniciativa de construir un campanario para la iglesia del convento, colocando en él una campana de medio quintal; Además, el convento se encontraba justo enfrente de una mezquita.En los mismos años, debido a las repercusiones de la guerra de Crimea y a las resoluciones adoptadas en el congreso de París de 1856, los cristianos en Siria habían comenzado a ser perseguidos por los musulmanes drusos: estos últimos habían interpretado la libertad de culto impuesta a Turquía, así como la 'igualación entre ellos y los cristianos a nivel civil, como una afrenta al Corán'.El superior de los Frailes Menores, el padre Emanuele Ruiz López, estaba seguro de que nadie traspasaría los muros del convento de San Paolo, que eran especialmente sólidos, mientras que las puertas de acceso a la iglesia y al claustro estaban blindadas con láminas de hierro. El padre Engelberto fue uno de los primeros que intentó disuadirlo de permanecer en el convento, pero al final obedeció, sin pensar en huir.En Damasco, el emir Abd-el-Kader intentó defender a los cristianos de las acciones de provocación llevadas a cabo contra ellos y contra la señal de la cruz, que alcanzaron su apogeo el 8 de julio de 1860, en un clima de siempre. terror creciente.Al mediodía del 9 de julio, una multitud atacó la residencia del Patriarcado griego no unido y luego se extendió al resto del barrio cristiano. Abd-el-Kader y sus hombres armados se apresuraron, pero incluso antes de luchar contra los atacantes, salvaron al mayor número posible de católicos, latinos y maronitas, religiosos y laicos, incluidos los jesuitas, los lazaristas, las Hijas de la Caridad y los escolares. Los únicos que no aceptaron la invitación del emir fueron, de hecho, los frailes menores del convento de San Paolo, para no abandonar a los cristianos que ya habían encontrado allí refugio.Tan pronto como la multitud entró en el barrio cristiano, el padre Emanuele reunió en la iglesia a los religiosos, a los niños de la escuela parroquial y a algunos fieles, y luego expuso el Santísimo Sacramento a la adoración. Los sacerdotes religiosos se impartían la absolución unos a otros y se comunicaban.Los atacantes, de hecho, no lograron forzar la entrada, pero lo hicieron de todos modos, pasada la medianoche del 10 de julio: alguien les había hecho pasar por una puerta trasera, que no había sido reforzada.El primero en morir fue el propio padre Emanuele, declarando que era cristiano y que quería morir como cristiano: fue decapitado después de haber colocado espontáneamente su cabeza sobre la mesa del altar. Después de él, el padre Carmelo fue asesinado a garrote.El padre Engelbert, desde la terraza del convento, logró bajar a la calle, pero no llegó al palacio del emir. Estaba escondido en una casa cristiana cercana con una maronita llamada Metri, mientras una señora greco-católica, su penitente, le echaba un velo blanco sobre los hombros. Sin embargo, los perseguidores lo reconocieron: se veía el hábito marrón y los pies que calzaban las típicas sandalias franciscanas.Según relató después Metri, el fraile, llevado al patio de la casa, preguntó al perseguidor: "Amigo, ¿qué te he hecho?". Luego fue golpeado en la cabeza con un hacha, mientras el propio atacante le ordenaba: "¡Abandona tu fe y sigue a Mahoma!".El padre Engelberto respondió claramente: «¡No, nunca! Soy cristiano y además sacerdote: puedes matarme". Luego fue asesinado a golpes de hacha cuatro veces, a lo que él respondió con otros tantos "¡No!". Dos meses después habría cumplido treinta y tres años.Después de él, fueron asesinados el padre Nicanore Ascanio Soria, el padre Nicola Alberca y Torres, el padre Pietro Nolasco Soler Méndez, fray Francesco Pinazo Peñalver y fray Giovanni Giacomo Fernández Fernández. También murieron los tres hermanos Francesco, Abdel Mooti y Raffaele Massabki, cristianos maronitas, colaboradores de los frailes, que no querían, a diferencia de otros fieles, escapar del convento.Tan pronto como volvió la calma en 1861, los cuerpos de los religiosos y de los tres hermanos, ya escondidos en un sótano del convento, fueron colocados en dos ataúdes y enterrados en la misma tumba, abierta en el suelo de la iglesia de San Paolo.La causa de beatificación de los ocho franciscanos y los tres hermanosEl 17 de diciembre de 1885 se inició el proceso de beatificación del padre Emanuele Ruiz y compañeros. En la primavera de 1926 se fijó la fecha de beatificación para el 10 de octubre.En ese momento, el Patriarca de la Iglesia maronita (que está en comunión con Roma) Elías Boutros Hoyek (Venerable desde 2019) y todo el episcopado maronita presentaron una petición urgente al Papa Pío para que los nombres, se unieran en gloria a los franciscanos, como estaban en vida y sacrificio supremo.El 7 de octubre de 1926 el Santo Padre, vistas las pruebas testimoniales y documentales recogidas en el proceso autorizado por él mismo, firmó el decreto de beatificación de los tres hermanos, que se celebró el 10 de octubre siguiente, junto con la de los ocho frailes. .CanonizaciónEl 18 de diciembre de 2022, el cardenal Béchara Boutros Raï, patriarca de los maronitas, anunció que la canonización de los tres hermanos estaba a la vista sin la confirmación formal de un milagro. Esta súplica fue presentada por el Santo Sínodo de los Obispos Maronitas, en 2022, al Papa Francisco; A la petición se sumaron también los Superiores Mayores de la Orden de los Hermanos Menores, el Ministro general y el Custodio de Tierra Santa, pidiendo la canonización de todo el grupo de once mártires.Las motivaciones eran dobles: que los tres hermanos ofrecieran, a través de la canonización, un mensaje de diálogo, paz y unidad en el contexto de Oriente Medio; para los frailes, la inminencia del octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, ocurrida en 2026.El 23 de marzo de 2023, el Papa Francisco autorizó el proceso especial para la redacción y estudio de la "Positio super Canonizatione" y, el El 23 de mayo de 2024, se aprobaron los votos favorables de la Sesión Ordinaria de los Cardenales y Obispos del Dicasterio para las Causas de los Santos a la canonización de los once Mártires de Damasco. El mismo Pontífice los canonizó en Roma, en la Plaza de San Pedro, el domingo 20 de octubre de 2024.El Martirologio Romano conmemora a los once mártires juntos el 10 de julio, pero en el Calendario de la Orden de los Frailes Menores son recordados el 13 Julio. En Damasco, en cambio, se celebran tanto en el aniversario del martirio como, de forma solemne, el domingo siguiente al 12 de julio. Los restos mortales de los once mártires son venerados en la iglesia de la Conversión de San Pablo en Bab Touma, distrito de Damasco.En la diócesis de Salzburgo y en el pueblo natal del padre Engelbert su recuerdo está muy vivo, especialmente con las celebraciones anuales del 10 de julio. Ciento cincuenta años después de su martirio, se fundó la Engelbert Kolland Gemeinschaft (Asociación Engelbert Kolland), también con el objetivo de promover el diálogo interreligioso.En 1986 se convirtió en copatrono de la parroquia de Zell am Ziller. El 22 de septiembre de 2013 se consagró una capilla que lleva su nombre en el monte Penken, diseñada por el arquitecto Mario Botta y que recuerda en su forma al cristal de granate, ampliamente extraído en el valle de Zillertal en el siglo XIX.fuente: Santos y Beatos
Publicado: 2026-02-26T23:42:31Z | Modificado: 2026-02-26T23:42:31Z