Santoral del Día

📌 Santoral del Día: 1 de Septiembre


San Gil (Egidio)

San Egidio o Gil,abadLa leyenda de san Gil (Aegidius), una de las más famosas en la Edad Media, procede de una biografía escrita en el siglo X. De acuerdo con aquel escrito, Gil era ateniense por nacimiento. Durante los primeros años de su juventud, devolvió la salud a un mendigo enfermo, en virtud de haberle cedido su capa, tal como había sucedido con san Martín. Gil despreciaba los bienes temporales y detestaba el aplauso y las alabanzas de los hombres, que llovieron sobre él, tras la muerte de sus padres, debido a la prodigalidad con que daba limosnas y los milagros que se le atribuían. Para escapar, se embarcó hacia el Occidente, llegó a Marsella y, luego de pasar dos años en Arles, junto a san Cesareo, se construyó una ermita en mitad de un bosque, cerca de la desembocadura del Ródano. En aquella soledad se alimentaba con la leche de una cierva que acudía con frecuencia y se dejaba ordeñar mansamente por el ermitaño. Cierto día, Flavio, el rey de los godos, que andaba de cacería, persiguió a la cierva y le azuzó a los perros, hasta que el animal fue a refugiarse junto a Gil, quien la ocultó en una cueva, y la partida de caza pasó de largo frente a ella, incluso los perros, que parecían haber perdido el olfato. Al día siguiente, se reanudó la cacería y la cierva fue nuevamente descubierta y perseguida hasta la cueva donde la ocultó el ermitaño y donde se volvía invulnerable. Al tercer día, el rey Flavio llevó consigo a un obispo para que presenciara el suceso y tratase de explicarle el extraño proceder de sus perros. En aquella tercera ocasión, uno de los arqueros del rey disparó una flecha al azar, a través de la maleza que cubría la entrada de la cueva. Cuando los cazadores se abrieron paso hasta la caverna, encontraron a Gil herido por la flecha y a la cierva echada a sus pies. Flavio y el obispo instaron al ermitaño para que diera cuenta de su presencia en aquellos parajes. Gil les relató su historia y, al escucharla, tanto el monarca como el prelado le pidieron perdón por haber alterado la paz de su soledad y el rey impartió órdenes para que fuesen en busca de un médico que le curase la herida de la flecha, pero san Gil rehusó aceptar la visita del doctor, no quiso tomar ninguno de los regalos que le presentaron los de la partida real y rogó a todos que le dejasen tranquilo en su solitario retiro.El rey Flavio hizo frecuentes visitas a san Gil, y éste acabó por solicitar al monarca que dedicase todas las limosnas y beneficios que le ofrecía, a la fundación de un monasterio. Flavio se comprometió a hacerlo, a condición de que Gil fuese el primer abad. A su debido tiempo, el monasterio se levantó cerca de la cueva del ermitaño, se agrupó una comunidad en torno a Gil, y muy pronto la reputación de los nuevos monjes y de su abad llegó al oído de Carlos, rey de Francia (a quien los trovadores medievales identificaron con Carlomangno, aunque resulta anacrónico). La corte mandó traer a san Gil a Orléans, donde se entretuvo largamente con el rey en profunda charla sobre asuntos espirituales. Sin embargo, en el curso de aquellas conversaciones, el monarca calló una gravísima culpa que había cometido y le pesaba sobre la conciencia... «el domingo siguiente, cuando el ermitaño oficiaba la misa y, según la costumbre oraba especialmente por el rey durante el canon, apareció un ángel del Señor que depositó sobre el altar un rollo de pergamino donde estaba escrito el pecado que el monarca había cometido. En el pergamino se advertía también que aquella culpa sería perdonada por la intercesión de Gil, siempre y cuando el rey hiciese penitencia y se comprometiese a no volver a cometerla ... Al terminar la misa, Gil entregó el rollo de pergamino al monarca, quien, al leerlo, cayó de rodillas ante el santo y le suplicó que intercediera por él ante Dios. A continuación, el buen ermitaño se puso en oración para encomendar al Señor el alma del monarca y a éste le recomendó, con dulzura, que se abstuviese de cometer la misma culpa en el futuro». Después de aquella temporada en la corte, san Gil regresó a su monasterio y, al poco tiempo, partió a Roma para encomendar sus monjes a la Santa Sede. El Papa concedió innumerables privilegios a la comunidad, y al monasterio le hizo el donativo de dos portones de cedro tallados con primor. A fin de poner a prueba su confianza en Dios, san Gil mandó arrojar aquellas dos puertas a las aguas del Tiber, se embarcó en ellas y, con viento propicio, navegaron por el Mediterráneo hasta las costas de Francia. Recibió una advertencia celestial sobre la proximidad de su muerte y en la fecha vaticinada, un domingo l de septiembre, «dejó este mundo, que se entristeció por la ausencia corporal de Gil, pero en cambio, llenó de alegría los Cielos por su feliz arribo».Este relato sobre san Gil y otros que circularon durante la Edad Media y que son nuestras únicas fuentes de información resultan completamente indignos de confianza. Es evidente que algunos de sus pormenores son contradictorios y anacrónicos; además, la leyenda está asociada con ciertas bulas pontificias que, como ahora se sabe, fueron fraguadas para servir a los intereses del monasterio de San Gil, en Provenza. Lo más que se puede saber sobre el santo es que debe haber sido un ermitaño o un monje que vivió cerca de la desembocadura del Ródano, en el siglo sexto u octavo, y que el famoso monasterio que lleva su nombre afirma poseer sus reliquias. La historia de la cierva se relaciona con varios santos, de entre los cuales san Gil es el más famoso y, durante muchos siglos, uno de los más populares. Se le nombra entre los «Catorce Santos Auxiliadores» (el único entre ellos que no fue mártir) y su tumba, en el monasterio, fue centro de peregrinaciones de primerísima importancia que contribuyó a la prosperidad de la ciudad de Saint Gilles durante la Edad Media, hasta el siglo XIII, cuando quedó convertida en ruinas, durante la cruzada contra los albigenses. Otros cruzados bautizaron con el nombre de Saint Gilles a una ciudad (la actual Sinjil) que fundaron en los límites de las regiones de Benjamín y Efraín, de manera que su culto se extendió por todo el oriente de Europa. En Inglaterra había 160 parroquias dedicadas a él. Se le invoca como protector de los tullidos, mendigos y herreros. Juan Lydgate, un monje poeta de Bury, le invocaba así en el siglo quince:Gil, santo protector de pobres y lisiados,consuelo de los enfermos en su mala suerte,refugio y escudo de los necesitados,patrocinio de los que miran a la muerte.Por ti, los moribundos vuelven a la vida.El texto en latín sobre la vida de San Gil, se encuentra en Acta Sanctorum, septiembre, vol. I, y una versión semejante, en Analecta Bollandiana, vol. VIII (1889), pp. 103-120. También hay una biografía de versos rimados y una adaptación al francés antiguo. Para estas últimas, consultar el cuidadoso estudio de la Srta. E. C. Jones, Saint Gilles (1914). En cuanto a las tradiciones populares reunidas en torno a san Gil, véase a Báchtold- Stáubli en Handwörterbuch des deutschen Aberglaubens, vol. I, pp. 212 y ss.; sobre el tratamiento del tema en el arte, véase a Künstle en Ikonographie, vol. II, pp. 32-34; el emblema distintivo del santo, naturalmente, es una cierva con una flecha clavada.fuente:«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Lupo de Sens

San Lupo de Sens,obispo y confesorEn Sens, de Neustria, san Lupo, obispo, que fue desterrado por haber dicho ante un jerarca local que convenía al pueblo ser regido por un sacerdote y obedecer a Dios antes que a los príncipes.Al suceder a san Artemio en la sede episcopal de Sens, Lupo se distinguió por el celo extraordinario con que cumplió todos sus deberes pastorales y por haber demostrado que ninguna dignidad podría infundirle el orgullo, ni la mayor dedicación a cualquier trabajo público podía distraerle de su constante contemplación de Dios. Cuando la seguridad de su país requirió su ayuda, se puso en actividad para mantener el orden público y, tras la muerte del rey Thierry II, apoyó a su heredero Sigberto con todas las posibilidades de sus propios poderes. Tiempo después, Clotario se adueñó de Borgoña y envió ahí el duque Farulf para que se hiciera cargo de la administración de la tierra conquistada. El ministro se ensañó contra San Lupo, ya que éste, durante el sitio a Sens, se había salvado de morir bajo las espadas de los hombres de Clotario, al repicar las campanas de su iglesia, lo que bastó para que todos los atacantes, asustados, se alejaran más que de prisa. El obispo Lupo no tomó precauciones para defenderse de la maldad de Farulf y éste levantó, ante el rey, terribles calumnias contra el prelado, con la complicidad de Medegislo, abad de Saint-Remi, monasterio de Sens, cuya ambición era la de suplantar a san Lupo en la sede. El pago que recibieron las criminales actividades de aquel abad inescrupuloso, consistió en la invasión tumultuosa de su iglesia por parte del pueblo indignado, que lo asesinó ahí mismo.Pero Clotario se dejó engañar por las intrigas y desterró al obispo Lupo a Auséne, una aldea cercana a la ciudad de Lyon. Al llegar al sitio de su exilio. el santo descubrió, apesadumbrado, que los habitantes rendían culto a los dioses falsos y se propuso rescatarlos del paganismo. Con la ayuda de Dios obró el milagro espectacular de devolver la vista a un hombre ciego, delante del gobernador y numerosos testigos. Al día siguiente, el gobernador, muchos funcionarios, ciudadanos y hombres del ejército de los francos, acudieron a solicitar el bautismo. Mientras tanto,san Winebaldo, el abad de Troyes y toda la ciudadanía de Sens, exigieron al rey Clotario que llamase a san Lupo del destierro al que le había condenado. Ante aquella demostración de afecto y lealtad, el monarca comprendió que había obrado injustamente en contra del obispo al dejarse prender en la red de malévolas intrigas forjadas por los acusadores. Inmediatamente, trató de reparar el daño, mandó traer al exilado y, luego de pedirle perdón humildemente, le devolvió a su sede. El santo obispo Lupo, por su parte, jamás demostró el menor resentimiento hacia sus enemigos y, por la resignación y paciencia con que soportó sus infortunios, marcó sus virtudes con el sello del heroísmo.Entre los muchos prodigios que se atribuyen a su santidad, se cuenta que cierto día en que cantaba una misa, alzó el cáliz y, sin explicarse de dónde podría venir, a no ser que procediera del espacio, una piedra preciosa de gran tamaño, cayó dentro de la copa. Este acto se relataba en el antiguo Martirologio Romano, con la prudente advertencia: refertur (así se refiere) ; pero de todas maneras, podría explicarse, si se tiene en cuenta que las piedras preciosas en los ornamentos de vestiduras y altares se desprenden con facilidad. Pero aquella joya se conservó como una reliquia entre los tesoros de la catedral de Sens, donde también se guarda el anillo episcopal que es uno de los muchos anillos legendarios que cayeron, por accidente, al agua y, más tarde, fueron recuperados en el vientre de un pez. San Lupo murió en el año 623.La más antigua biografía de San Lupo de Sens, escrita en latín, fue editada con críticas y comentarios en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores Merov., vol. IV, pp. 176-178. B. Krusch le asigna una fecha no anterior al siglo noveno y opina que, desde el punto de vista histórico, es poco digna de confianza. Véase a G. Vielhaber en Analecta Bollandiana, vol. XXVI (1907), pp. 43-44; y cf. H. Bouvier, Histoire de l'Église de Sens, vol. I, pp. 101-106, así como a Duchesne en Fastes Épiscopaux.fuente:«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Prisco África

San Prisco, obispo, y sus compañeros mártires. Castrense, Támaro, Rosio, Heraclio, Secundino, Adyutorio, Marcos, Elpidio, Canión y Vindomio; atormentados en Africa por los vándalos y metidos en una barca sin remos, llegaron milagrosamente a Italia, Capua (Italia), s. V.


Categoría: Santoral / Septiembre

Publicado: 2026-02-26T23:43:49Z | Modificado: 2026-02-26T23:43:49Z