📌 Santoral del Día: 1 de Junio
San Aníbal María Di Francia
San Aníbal María Di Francia,presbítero y fundadorEn Mesina, ciudad de Sicilia, de nuevo en Italia, san Aníbal María Di Francia, presbítero, que fundó la Congregación de Padres Rogacionistas del Corazón de Jesús y la de Hijas del Divino Celo, para rogar al Señor santos sacerdotes para su Iglesia y cuidar a huérfanos sin recursos.Aníbal María Di Francia nació en Messina el 5 de julio de 1851 de la noble señora Anna Toscano y del caballero Francisco, marqués de S. Caterina dello Ionio, Vicecónsul Pontificio y Capitán Honorario de la Marina. Tercero de cuatro hijos, Aníbal quedó huérfano, tan sólo a los quince meses por la muerte prematura del padre. Esta amarga experiencia infundió en su ánimo la particular ternura y el especial amor a los huérfanos, que caracterizó su vida y su sistema educativo.Desarrolló un grande amor hacia la Eucaristía, tanto que recibió el permiso, excepcional para aquellos tiempos, de acercarse cotidianamente a la Santa Comunión. Jovencísimo, delante del Santísimo Sacramento solemnemente expuesto, recibió lo que se puede definir «inteligencia del Rogate»: es decir, descubrió la necesidad de la oración por las vocaciones, que, más tarde, encontró expresada en el versículo del Evangelio: «La mies es mucha pero los obreros son pocos. Rogad (Rogate) pues al dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38: Lc 10, 2). Estas palabras del Evangelio constituyeron la intuición fundamental a la que dedicó toda su existencia.De ingenio alegre y de notables capacidades literarias, apenas sintió la llamada del Señor, respondió generosamente, adaptando estos talentos a su ministerio. Terminados los estudios, el 16 de marzo de 1878 fue ordenado sacerdote. Algún mes antes, un encuentro «providencial» con un mendigo casi ciego lo puso en contacto con la triste realidad social y moral del barrio periférico más pobre de Messina, las llamadas Casas de Avignone y le abrió el camino de aquel ilimitado amor hacia los pobres y los huérfanos, que llegará a ser una característica fundamental de su vida.Con el consentimiento de su Obispo, fue a habitar en aquel «gueto» y se comprometió con todas sus fuerzas en la redención de aquellos infelices, que, se presentaban, ante su vista, según la imagen evangélica, como «ovejas sin pastor». Fue una experiencia marcada por fuertes incomprensiones, dificultades y hostilidades de todo tipo, que él superó con grande fe, viendo en los humildes y marginados al mismo Jesucristo y realizando lo que definía: «Espíritu de doble caridad: la evangelización y la ayuda a los pobres».En 1882 dio inicio a sus orfanatos, que fueron llamados antonianos porque estaban puestos bajo la protección de San Antonio de Padua. Su preocupación no sólo fue la de dar pan y trabajo, sino y, sobre todo, la de educar de forma integral a la persona teniendo en cuenta el aspecto moral y religioso, ofreciendo a los asistidos un verdadero clima de familia, que favorece el proceso formativo para hacerles descubrir y seguir el proyecto de Dios. Hubiera querido abrazar a los huérfanos y a los pobres de todo el mundo con espíritu misionero. Pero, ?cómo hacerlo? La palabra del Rogate le abría esta posibilidad. Por eso escribió: « ¿Qué son estos pocos huérfanos que se salvan y estos pocos pobres que se evangelizan frente a millones que se pierden y están abandonados como rebaño sin pastor?... Buscaba un camino de salida y lo encontré amplio, inmenso en aquellas adorables palabras de nuestro Señor Jesucristo: Rogate ergo... Entonces me pareció haber hallado el secreto de todas las obras buenas y de la salvación de todas las almas».Aníbal había intuido que el Rogate no era una simple recomendación del Señor, sino un mandado explícito y un «remedio inefable». Motivo por el cual su carisma es de valorar como el principio animador de una fundación providencial en la Iglesia. Otro aspecto importante para hacer resaltar es que él precede a los tiempos en el considerar vocaciones también aquellas de los laicos comprometidos: padres, maestros y hasta buenos gobernantes.Para realizar en la Iglesia y en el mundo sus ideales apostólicos, fundó dos nuevas familias religiosas: en 1887 la Congregación de las Hijas del Divino Celo y diez años después la Congregación de los Rogacionistas. Quiso que los miembros de los dos Institutos, aprobados canónicamente el 6 de agosto de 1926, se comprometieran a vivir el Rogate con un cuarto voto. Tanto que el Di Francia escribió en una súplica del 1909 a S. Pío X: «Me he dedicado desde mi primera juventud a aquella santa Palabra del Evangelio: Rogate ergo. En mis mínimos Institutos de beneficencia se eleva una oración incesante, cotidiana de los huérfanos, de los pobres, de los sacerdotes, de las sagradas vírgenes, con la que se suplican a los Corazones Santísimos de Jesús y María, al Patriarca S. José y a los Santos Apóstoles para que quieran proveer abundantemente a la Iglesia de sacerdotes elegidos y santos, de obreros evangélicos de la mística mies de las almas».Para difundir la oración por las vocaciones promovió numerosas iniciativas, tuvo contactos epistolares y personales con los Sumos Pontífices de su tiempo; instituyó la Sagrada Alianza para el clero y la Pía Unión de la Rogación Evangélica para todos los fieles. Creó el periódico con el significativo título «Dios y el Prójimo» para implicar a los fieles a vivir los mismos ideales. «Es toda la Iglesia -escribe- que oficialmente tiene que rezar por este fin, ya que la misión de la oración para obtener buenos obreros es tal que ha de interesar vivamente a cada fiel, a todo cristiano, que le preocupe el bien de todas las almas, pero en particular a los obispos, los pastores del místico rebaño, a los cuales fueron confiadas las almas y que son los apóstoles vivientes de Jesucristo».Grande fue el amor que tuvo por el sacerdocio, convencido que sólo mediante la obra de los sacerdotes numerosos y santos es posible salvar a la humanidad. Se comprometió fuertemente en la formación espiritual de los seminaristas, que el arzobispo de Messina confió a sus cuidados. A menudo repetía que sin una sólida formación espiritual, sin oración, «todos los esfuerzos de los obispos y de los rectores de los seminarios se reducen generalmente a una cultura artificial de sacerdotes...». Fue él mismo, el primero, en ser buen obrero del Evangelio y sacerdote según el corazón de Dios. Su caridad, definida «sin cálculos y sin límites», se manifestó con connotaciones particulares también hacia los sacerdotes en dificultad y las monjas de clausura.Ya durante su existencia terrenal fue acompañado por una clara y genuina fama de santidad, difundida a todos los niveles, tanto que cuando el 1 de junio de 1927 falleció en Messina, confortado por la presencia de María Santísima, que tanto había amado durante su vida terrenal, la gente decía: «Vamos a ver el santo que duerme». La santidad y la misión de Padre Aníbal, declarado «insigne apóstol de la oración por las vocaciones», son hoy profundamente apreciadas por quienes se han compenetrado de las necesidades vocacionales de la Iglesia. Fue beatificado por SS Juan Pablo II en 1990 y canonizado por el mismo pontífice el 16 de mayo de 2004.fuente:Vaticano
San Fortunato de Montefalco
San Fortunato, presbíteroEn Montefalco, en la Umbría, san Fortunato, presbítero, de quien se dice que, siendo pobre, con su trabajo constante ayudó a los desvalidos, y que entregó su vida en favor de los hermanos.
San Simeón de Tréveris
San Simeón,eremitaEn Tréveris, ciudad de Renania, en Lotaringia, san Simeón, el cual, nacido de padre griego en Siracusa, después de haber llevado vida eremítica en Belén y en el Sinaí, murió finalmente recluido en la torre de la Puerta Negra de esta ciudad.La historia de san Simeón parece un cuento de aventuras, sin embargo, está respaldada por una excelente autoridad, puesto que fue escrita, poco tiempo después de la muerte del santo, por su amigo Eberwin, abad de Tholey y de San Martín, en Trier (Tréveris), a pedido de Poppón, arzobispo de Trier, quien se hallaba comprometido en activar la causa de canonización en Roma.Simeón nació en la ciudad siciliana de Siracusa, de padres griegos que, desde la edad de siete años, llevaron al niño a Constantinopla para que se educara. Al llegar a la juventud, Simeón emprendió una peregrinación a Tierra Santa y decidió establecerse allá. En un principio vivió con un ermitaño, a orillas del Jordán; pero muy pronto tomó el hábito de monje en Belén y, desde entonces, ingresó en un monasterio al pie del Monte Sinaí. Con la autorización de su superior, pasó dos años viviendo en la soledad de una estrecha cueva, frente al Mar Rojo y de ahí se trasladó a una ermita, en la cumbre del Monte Sinaí. Cuando decidió regresar a su monasterio, se le encomendó una tarea que no le entusiasmaba en lo absoluto, pero que al fin aceptó realizar, de mala gana. Se trataba de ir con otro monje a Normandía, con el propósito de recoger un tributo que había prometido pagar el duque Ricardo II, dinero éste que necesitaba la comunidad con toda urgencia para sostenerse.Simeón y su compañero emprendieron, pues, el viaje con tan mala fortuna, que apenas se había alejado el barco de las costas de Palestina, cuando fue interceptado por unos piratas, que lo abordaron y, tras una espantosa matanza de pasajeros y tripulantes, se apoderaron de él. Simeón logró salvarse gracias a que saltó al mar y llegó nadando a tierra. Una vez repuesto, emprendió la marcha y llegó caminando hasta la ciudad de Antioquía. Ahí se encontró con Ricardo, abad de Verdún y con Eberwin, abad de San Martín, que regresaban de un viaje a Palestina y se dirigían a sus respectivos monasterios en Francia. Rápidamente se estableció entre ellos una profunda amistad que los indujo a continuar el viaje los tres juntos. Pero la Providencia tenía otros planes: en Belgrado se vieron obligados a separarse, porque el gobernador mandó detener a Simeón y a otro monje llamado Cosmas que se había unido al grupo en Antioquía, por considerar que aquellos dos eran indignos de ir junto con los peregrinos franceses. Tan pronto como los dejaron salir de la prisión, los dos religiosos decidieron desandar su camino con rumbo a la costa. En esa jornadas, los solitarios peregrinos tuvieron que hacer frente a innumerables peligros, incluyendo los asaltos de los bandoleros, antes de encontrar un barco que, por fin, los condujo con bien a las costas de Italia. Desde Roma prosiguieron su camino hasta llegar al sur de Francia, donde murió el monje Cosmas. Simeón continuó caminando solo y arribó a Rouen para recibir la funesta noticia de que el duque Ricardo había muerto y, su sucesor, se negaba rotundamente a pagar el prometido tributo.No queriendo regresar a su monasterio con las manos vacías, Simeón fue en busca de sus amigos, el abad Ricardo de Verdún y de Eberwin, el abad de San Martín, en Trier. Hallándose con ellos, conoció al arzobispo Poppón quien, adivinando sin duda que en Simeón habría de encontrar un guía capaz y muy experimentado, acabó por convencerlo a que le acompañara en una peregrinación a Palestina. Aquella vez, Simeón fue y regresó con el arzobispo y, una vez en Trier, sintió de nuevo el imperioso llamado hacia la vida solitaria. Obedeció, y buscó refugio en una torre derruida y abandonada que se hallaba cerca de la Puerta Negra, la misma que después se conoció con el nombre de Puerta de San Simeón. El propio arzobispo procedió a verificar su enclaustramiento. Ahí pasó el santo el resto de su vida en oración, penitencia y contemplación, no sin haber tenido que resistir muchos ataques, tanto del diablo como de los hombres. En cierta ocasión, el populacho de Trier, haciendo caso a los rumores de que Simeón practicaba la magia negra, atacó la torre solitaria con una lluvia de piedras y otros proyectiles. Sin embargo, desde mucho tiempo antes de su muerte, ya se le veneraba como a un santo dotado con poderes maravillosos. Al saberse que había muerto, el abad Eberwin acudió a la torre para cerrarle los ojos; y a su funeral asistió la población entera. Siete años después, fue elevado al honor de los altares por la Iglesia. Su canonización fue la segunda que proclamó el Pontífice Romano en una ceremonia solemne, teniendo en cuenta que la de San Ulrico, obispo de Augsburgo, fue la primera.La biografía escrita en latín por el abad Eberwin, fue impresa por Mabillon y por los bolandistas en el Acta Sanctorum, junio, vol. I. Respecto a la canonización de san Simeón, véase a E. W. Kemp en Canonization and Authority (1948), pp. 60-61. Ver asimismo un papel muy importante que fray Maurice Coens introdujo en Analecta Bollandiana, vol. LXVIII (1950), pp. 181-196. N.ETF: en algunos santorales (Ökumenisches Heiligenlexikon y referencias allí) figura como diácono.fuente:«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Publicado: 2026-02-26T23:42:31Z | Modificado: 2026-02-26T23:42:31Z